XXXII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

SABIDURÍA:
– La Sabiduría aparece personificada como una mujer radiante, hermosa inmarcesible. Les hará mucho bien a todos, sobre todo a los gobernantes de los países contar con ella. Los que la aman y la buscan la encuentran. Pero es la Sabiduría la que se da a conocer a los que la desean, la que está sentada a la puerta, ya de madrugada, esperando que alguien la encuentre, la que sale al paso de los que desean meditar y dejarse conducir por ella.

SALMO:
“Mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío.”
El deseo del hombre De Dios es patente en el salmo, el hombre madruga por Dios, le busca en todas sus cosas y le bendice en todas ella, porque es el Señor su bien más preciado, y por el que está dispuesto a todo.

1 TESALONICENSES:
– San Pablo da hoy una verdadera catequesis sobre la suerte de los difuntos y los acontecimientos del fin del mundo. No tienen que estar tristes como los que están sin esperanza. Para los cristianos es la confianza la que dabe dar color a su mirada al futuro, porque “si creemos que Jesús ha muerto y resucitado, del mismo modo a los que han muerto Dios los llevará con él.”
– Después San Pablo explica lo que sucederá cuando vuelva el Señor, como resucitaremos e iremos a su presencia. Lo principal es la consigan de confianza y paz que San Pablo transmite. Porque la muerte, el fin del mundo, no va a ser la última palabra, pues Dios nos tiene destinados a la vida, con su Hijo Jesús.

MATEO:
– Hoy Jesús nos habla en su discurso escatológico, sobre el final de los tiempos, que además es como un prólogo a la Pasión, que Él va a vivir.
– Dentro de este marco Jesús, pronuncia la parábola de las Diez vírgenes, está tomada de los hechos corrientes de la vida, esta vez de cómo se hacían las bodas en su tiempo. El esposo tarda en llegar, y las doncellas que están designadas para recibirle cuando llegue, se duermen. PEro cinco tienen aceite para sus lámparas, y cinco, no. A estas necias se les cierra la puerta del banquete mientras van a comprar aceite, y a las otras cinco sí entren. Jesús mismos nos da una lección de la parábola: “VELAD, PORQUE NO SABÉIS EL DÍA NI LA HORA”, es la venida última del Señor.

Hoy vemos cómo JEsús es la respuesta verdadera a la muerte, y cómo Él se entrega a la muerte en la Pasión y la Cruz para vencerla. Él tiene la última palabra, Él es el vencedor de muerte. Y el único remedio verdadero es participar nosotros también en la victoria de Cristo sobre la muerte. Para preavisarnos contra la muerte, ahora no debemos hacer otra cosa que abrazarnos a él. Anclarse en Cristo, mediante la fe, como se vara una barca en el fondo marino, para que pueda resistir en la maleza, que está a punto de surgir. El grado de unión con Cristo será el grado de nuestra seguridad ante la muerte.
Por lo tanto lo que nos da una seguridad ante la muerte, es mi fe, estar unido a Cristo. Y es algo que tengo que tener yo y nadie me puede dar. Es necesario tener aceite de reserva en la lámpara, esto es, alimentar la fe con las buenas obras y la oración de modo que ante la venida de Cristo podamos también nosotros, como vírgenes sagradas, entrar con él a las bodas eternas.

Debemos por lo tanto vivir actitud de espera, actitud de esperan ante el Esposo que va a venir. Y lo que hay que tener en cuenta es si nuestras lámpara están preparadas o no. Esperar al Esposo es esperarlo con el alma preparada, esperarlo con la lámpara siempre encendida en el corazón. La tierra nos atrae y nos halaga muchas veces; y parece que muchas veces nos hace apartar el corazón y la mente del Esposo que va a venir. Es preciso despertar de nuestro sueño; pero sobre todo es preciso que no se apague nunca la lámpara en el corazón.
La lámpara de la fe, de la fe que nos hace ver que todo lo de aquí es terreno y pasa y no vale la pena pararnos en ello; la fe que nos abre horizontes infinitos, horizontes que no ven nuestros ojos de la car, pero que ven los ojos de nuestra fe.
La lámpara del deseo del corazón, del deseo del Señor, de su presencia, de que obra en nosotros, de su posesión eterna, de su amor para con nosotros y del Amor nuestra para con Él.
La lámpara de la confianza que nos hace tanta falta en esta vida donde lo malo tanto nos hace sufrir. Lámpara que ilumine nuestros pasado en las dificultades, para que aprendamos, entonces más que nunca podremos echarnos en brazos De Dios.
La Lámpara del amor, la lámpara del amor que tiene que hacer amor todos nuestros pasos aquí en la tierra, la lámpara del amor que es la que nos acerca al Señor, porque nos une al Señor. No es sólo ir a Él, es estar con Él. Él nos ama, nosotros lo amamos y en este mutuo amor está todo nuestro bien.
Que no se apaguen están lámpara en nuestro corazón esperando al Esposo que llega, que siempre estén preparadas y encendidas , para entrar en el banquete Eterno de las bodas del Cordero, y podamos vivir con Él para siempre.

María, Madre, que como tú, también nosotros tengamos nuestra lámpara encendida. Amén.

Un pobre sacerdote +++

COMENTARIO AL EVANGELIO DE LOS PADRES DE LA IGLESIA

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 78,1

En la anterior parábola manifestó el Señor la pena que sufría el soberbio y el lujurioso que disipaban los bienes del Señor; en ésta conmina con el castigo aun a aquél que no saca utilidad y no se provee abundantemente de lo que le hace falta. Tienen ciertamente aceite las vírgenes necias, pero no abundante. Por lo que dice: “Entonces será el reino de los Cielos semejante a diez vírgenes”.

San Hilario, in Matthaeum, 27

Dice, “entonces” porque todo esto se refiere al gran día del Señor del que arriba hablaba.

San Gregorio Magno, homiliae in Evangelia, 12,1

El reino de los cielos, del presente tiempo, se llama la Iglesia; como se lee en San Mateo: “Enviará el Hijo del hombre sus ángeles y quitarán de su reino todos los escándalos” ( Mt 13,41).

San Jerónimo

La semejanza de las diez vírgenes necias y prudentes, es aplicada por algunos sencillamente a las vírgenes, de las cuales unas según el Apóstol lo son de cuerpo y de espíritu; y otras solamente de cuerpo, careciendo de las demás obras; o guardadas bajo la custodia de sus padres; pero que sin embargo intentan casarse. Pero a mí me parece, por lo arriba dicho, que es otro el sentido, y que no pertenece esta comparación a la virginidad corporal, sino a todo género de personas.

San Gregorio Magno, homiliae in Evangelia, 12,1

En cada hombre se encuentran duplicados los cinco sentidos, y el número de los cinco duplicados completa el de diez; y porque de la reunión de los fieles de uno y otro sexo resulta la multitud, la Santa Iglesia la compara a diez vírgenes. Y como los buenos están mezclados con los malos, y los réprobos con los elegidos, propiamente se asemeja a la mezcla de las vírgenes prudentes y las necias.

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 78,1

Por esto, pues, expone esta parábola en la persona de las vírgenes para demostrar que aunque la virginidad sea una gran virtud, sin embargo será arrojada fuera con los adúlteros si no practica las obras de misericordia.

Orígenes, in Matthaeum, 32

O de otro modo: los sentidos de todos los que recibieron la palabra de Dios, son vírgenes; pues tal es la virtud de la palabra divina, que de su pureza participan todos los que por su doctrina abandonaron la idolatría y se convirtieron por Jesucristo al culto de Dios. Y sigue: “Que tomando sus lámparas salieron”, etc. Toman sus lámparas, es decir, los órganos de sus sentidos, y salen del mundo de los errores al encuentro del Salvador, que siempre está preparado a venir para entrar juntamente con los que son dignos en la Iglesia, su bienaventurada esposa.

San Hilario, in Matthaeum, 27

O de otro modo: nuestro esposo y nuestra esposa es nuestro Dios encarnado, pues, para el espíritu la esposa es la carne. Las lámparas que tomaron es la luz de las almas que resplandecieron por el Sacramento del Bautismo.

San Agustín, de diversis quaestionibus octoginta tribus liber, 59

También las lámparas que llevan en las manos son las buenas obras; pues escrito está en San Mateo: brillen vuestras obras delante de los hombres ( Mt 5,16).

San Gregorio Magno, homiliae in Evangelia, 12

Los que rectamente creen y justamente viven, son comparados a las cinco vírgenes prudentes. Pero los que confiesan en verdad la fe de Jesucristo, pero no se preparan con buenas obras para la salvación, son como las cinco vírgenes necias. Por lo que añade: cinco de ellas eran necias, y cinco prudentes.

San Jerónimo

Son ciertamente cinco los sentidos que aspiran a las cosas celestiales y las desean. Acerca, pues, de la vista, del oído y del tacto, ha dicho especialmente San Juan: “lo que vimos, lo que oímos, lo que con nuestros ojos examinamos y nuestras manos tocaron” ( 1Jn 1,1). Sobre el gusto: “gustad y ved cuán suave es el Señor” ( Sal 33,9). Sobre el olfato: “corremos siguiendo el olor de tus unciones” ( Cant 1,3). También son cinco los sentidos terrenos que exhalan fetidez.

San Agustín, de diversis quaestionibus octoginta tribus liber, 59

Por las cinco vírgenes necias se entiende la pérdida de la continencia destruida por los cinco deleites de la carne; pues debe contenerse el apetito de la voluptuosidad de los ojos, de los oídos, del olfato, del gusto y del tacto. Pero como esta continencia se hace en parte delante de Dios para agradarle con el gozo interior de la conciencia y en parte delante de los hombres únicamente para captarse la gloria humana, por eso se llaman cinco prudentes y cinco necias, si bien unas y otras se llaman vírgenes. Porque ambas gozan del mismo título aunque por diverso motivo.

Orígenes, in Matthaeum, 32

Así como las virtudes simultáneamente se acompañan entre sí, de modo que el que tuviese una las tenga todas, del mismo modo los sentidos se siguen mutuamente. Por tanto, es necesario que, o todos los cinco sentidos sean prudentes, o todos necios.

San Hilario, in Matthaeum, 27

La división entre cinco prudentes y cinco necias, debe entenderse en absoluto de los fieles y de los infieles.

San Gregorio Magno, homiliae in Evangelia, 12

Pero es de notar que todas llevan lámparas, pero no todas tienen aceite: sigue pues: “Pero las cinco necias no tomaron aceite”, etc.

San Hilario, in Matthaeum, 27

El aceite es el fruto de las buenas obras; las lámparas son los cuerpos humanos, en cuyas entrañas debe esconderse el tesoro de la buena conciencia.

San Jerónimo

Aceite tienen las vírgenes, que según la fe se adornan con buenas obras. No tienen aceite los que parece que profesan la misma fe, pero descuidan la práctica de las virtudes.

San Agustín, de diversis quaestionibus octoginta tribus liber, 59

Por aceite pienso puede significarse la alegría, según aquello del salmo: “Te ungió el Señor tu Dios con el aceite del regocijo” ( Sal 44,8). Por consiguiente, el que no se alegra porque interiormente agrada a Dios, éste no tiene aceite, pues no siente placer sino en las alabanzas de los hombres. Pero las prudentes tomaron aceite con las lámparas, esto es, pusieron la alegría de las buenas obras “en sus vasos”, esto es, en el corazón y en la conciencia: “pusieron”. Como el Apóstol avisa: “Pruébese, dice, a sí mismo el hombre y entonces tendrá la gloria en sí, y no en otro” ( Gál 6,4).

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 78,1

Llama aquí aceite a la caridad y a la limosna y a cualquier socorro prestado a los indigentes: llama también carismas de la virginidad a las lámparas; y por eso llama necias a las que vencieron la dificultad mayor y por la menor lo perdieron todo. Pues ciertamente cuesta más vencer los deseos de la carne que los de las riquezas.

Orígenes, in Matthaeum, 32

El aceite es la palabra divina que llena los vasos de las almas; pues nada conforta tanto como la predicación moral, que es como el aceite de la luz. Las prudentes, pues, tomaron este aceite, que les fue bastante aun tardando la salida, y la permanencia del Verbo que venía a perfeccionarlas. Las necias, no obstante que tomaron las lámparas desde el principio encendidas en verdad, no tomaron el aceite suficiente hasta el fin; siendo negligentes en recibir la doctrina que confirma en la fe y alumbra las buenas obras.

Sigue: “Tardando, pues, el esposo, dormitaron”, etc.

San Agustín, de diversis quaestionibus octoginta tribus liber, 59

En el intervalo de tiempo desde la venida del Señor hasta la resurrección de los muertos, mueren hombres de ambos géneros.

San Gregorio Magno, homiliae in Evangelia, 12

Dormir es morir, y dormitar antes del sueño es desfallecer en la virtud antes de la muerte, porque del peso de la enfermedad viene el sueño de la muerte.

San Jerónimo

Dormitaron, esto es, murieron. Por consiguiente, dice: “durmieron” porque después han de ser despertadas. Por esto, pues, dice: “haciéndose esperar el esposo”, manifestó que no es corto el tiempo que ha de pasar entre la primera y segunda venida del Señor.

Orígenes, in Matthaeum, 32

Tardando el esposo, y no viniendo pronto el Verbo a la consumación de la vida, padecen algo los sentidos dormitando y como en la noche del mundo vegetando: “Y durmieron” como obrando perezosamente en sentido espiritual, pero no abandonaron las lámparas ni desconfiaron de la conservación del aceite las prudentes. De lo que sigue: “a la media noche, pues, se dio la voz”, etc.

San Jerónimo

La tradición judía es que Cristo vendrá a media noche como en tiempo de los egipcios, cuando se celebró la Pascua y vino el Angel exterminador, y el Señor pasó por encima de los tabernáculos, y los postes de los frontispicios de nuestras casas fueron consagrados con la sangre del cordero. De lo que infiero que permanece la tradición apostólica, de que en el día de la vigilia de Pascua, no es lícito despedir al pueblo antes de media noche, esperando la venida de Cristo, para que después de pasado este tiempo se tenga la seguridad de que todos celebran el día festivo. Por lo que dice el salmo: “Me levantaba a media noche a confesar tu nombre” ( Sal 118,62).

San Agustín, de diversis quaestionibus octoginta tribus liber, 59

A media noche, esto es, cuando nadie lo sabe ni lo espera.

San Jerónimo

De repente, y como en intempestiva hora de la noche, tranquilos todos, y cuando sea más pesado el sueño, los ángeles que precedan al Señor anunciarán al clamor de sonoras trompetas la venida de Jesucristo, significada por estas palabras: “He aquí que viene el esposo; salid a su encuentro”.

San Hilario, in Matthaeum, 27

Al sonido de la trompeta sale a su encuentro la esposa: serán, pues, ya dos en uno, esto es, la naturaleza humana y Dios, porque la bajeza de la carne será transformada en gloria espiritual.

San Agustín, de diversis quaestionibus octoginta tribus liber, 59

Lo que dice arriba, de que tan sólo las vírgenes irán al encuentro del esposo, debe entenderse, que la llamada esposa está formada de la reunión de las vírgenes; a la manera que todos los cristianos que concurren a la Iglesia son llamados hijos porque acuden a su madre. De la reunión de estos mismos hijos, se compone la que se llama madre. Ahora bien, la Iglesia queda desposada y virgen, convoca a las nupcias, pero éstas se celebran en el tiempo en que estando para perecer toda la humanidad, entra por esta unión en el goce de la inmortalidad.

Orígenes, in Matthaeum, 32

A la media noche, esto es, en la profundidad del sueño, dieron, según pienso, los ángeles el grito de alerta, queriendo despertar a todos. Son los ángeles los custodios de las almas, que clamando despiertan interiormente a todos los que duermen: “He aquí que viene el esposo, salid a su encuentro”, y a esta excitación que todos oyeron, se levantaron. Pero no todos prepararon bien sus lámparas, por lo que sigue: “Entonces todos se levantaron, y prepararon sus lámparas”, etc. Se preparan las lámparas con el recto uso de los sentidos, según los preceptos evangélicos, porque los que hacen mal uso de ellos, no llevan provisión en sus lámparas.

San Gregorio Magno, homiliae in Evangelia, 12

Entonces todas las vírgenes se levantan porque tanto los elegidos como los réprobos despiertan del sueño de la muerte; preparan sus lámparas, porque cuentan en su conciencia sus obras, por las que esperan recibir la bienaventuranza.

San Agustín, de diversis quaestionibus octoginta tribus liber, 59

Prepararon sus lámparas, esto es, la cuenta de sus obras.

San Hilario, in Matthaeum, 27

Tomar las lámparas, es volver las almas a sus cuerpos; y su luz es la conciencia de las buenas obras, que brilla en los vasos de los cuerpos.

Orígenes

Pero las lámparas de las vírgenes necias se apagan, porque las obras, que por defuera parecían buenas a los hombres, a la venida del Juez quedan por dentro oscuras. Por lo que sigue: Las necias dijeron a las prudentes: “Dadnos de vuestro aceite”, etc. ¿Por qué piden entonces aceite a las prudentes, sino porque a la venida del Juez se encuentran interiormente vacías, y buscan apoyo fuera de sí? Como si desconfiadas de sí mismas digan a sus prójimos: porque veis que nosotras seremos rechazadas por falta de buenas obras, sed vosotras testigos de que las hicimos.

San Agustín, de diversis quaestionibus octoginta tribus liber, 59

Se acostumbra siempre buscar aquello que nos complace. Así es que se quiere el testimonio de los hombres, que no penetran el corazón, para presentarlo ante Dios, que registra en el corazón; pero las obras que se apoyan en alabanza ajena, quitada ésta, desaparecen, por lo que sus lámparas se apagan.

San Jerónimo

Pero las vírgenes que sienten apagarse sus lámparas, hacen ver que en parte alumbran; pero no con luz inextinguible, ni con obras duraderas. Si, pues, alguno tiene alma pura y ama la honestidad, no debe contentarse con aquellas obras mediocres y que pronto se agostan; sino con perfectas virtudes para que brillen eternamente.

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 78,1

Estas vírgenes no sólo eran necias porque descuidaron las obras de misericordia, sino que también, porque creyeron que encontrarían aceite en donde inútilmente lo buscaban. Aunque nada hay más misericordioso que aquellas vírgenes prudentes, que por su caridad fueron aprobadas; sin embargo, no accedieron a la súplica de las vírgenes necias. Respondieron, pues, diciendo: “No sea que falte para nosotras y para vosotras”, etc. De aquí, pues, aprendemos que a nadie de nosotros podrán servirles otras obras sino las propias suyas.

San Jerónimo

Las vírgenes prudentes responden así no por avaricia, sino por temor, pues cada uno recibirá el premio por sus obras. Ni en el día del juicio podrán compensarse los vicios de los unos con las virtudes de los otros. Aconsejan las vírgenes prudentes, que no vayan a recibir al esposo sin aceite en las lámparas. Y sigue: “Más vale que vayáis a la tienda y lo compréis”.

San Hilario, in Matthaeum, 27

Son vendedores aquéllos que necesitando la misericordia de los fieles, nos venden por lo que nos piden, la satisfacción de nuestras buenas obras. Este es el aceite copioso de la luz indeficiente que debe comprarse y guardarse con los frutos de la misericordia.

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 78, 2

Ya ves qué buena es nuestra negociación con los pobres. Estos no se encuentran allá, sino aquí; por tanto aquí es donde conviene acopiar el aceite para que nos sirva allá, cuando Jesucristo nos llame.

San Jerónimo

Este aceite se compra y se vende a mucho precio, y se logra con mucho trabajo: no sólo con las limosnas, sino también con las virtudes y consejos de los maestros.

Orígenes, in Matthaeum, 32

Aunque eran necias, comprendían sin embargo, que debían recibir al esposo con luz en todas las lámparas de sus sentidos. Pues veían también que teniendo poco aceite de virtud y acercándose la noche, se apagarían sus lámparas. Pero las prudentes envían a las necias a buscar el aceite de los vendedores porque veían que no habían reunido tanto aceite, esto es, palabra divina que bastase para salvarlas a ellas e instruir a las otras. Por lo que dicen: “Id mejor a los vendedores”, esto es, a los Doctores, y “compráoslo” esto es, recibidlo de ellos. Y el precio es la perseverancia y el deseo, la diligencia y el trabajo de los que quieren aprender.

San Agustín, de diversis quaestionibus octoginta tribus liber, 59

No se crea que dieron un consejo, sino que les recordaron indirectamente su descuido. Los aduladores que alabando lo que es falso o lo que ellos ignoran, meten a las almas en el camino del error, halagándolas como fatuas con falsas satisfacciones, venden también aceite, recibiendo en pago de él alguna gracia temporal. Dícese, por tanto: “Id a los vendedores y compráoslo” esto es, veamos ahora quién os ayuda de los que acostumbraron a venderos alabanzas. Dicen, pues: “No suceda que falte para nosotras y para vosotras” porque de nada sirve el testimonio ajeno en la presencia de Dios, que ve los secretos del corazón. Y apenas a cada uno le basta el testimonio de su conciencia.

San Jerónimo

Como había ya pasado el tiempo de vender y llegado el día del juicio, no había lugar a penitencia ni a hacer nuevas obras buenas, y se ven obligados a dar cuenta de las pasadas. Por eso sigue: “Mientras fueron a comprarlo vino el esposo; y las que estaban preparadas, entraron con él a las bodas”.

San Hilario, in Matthaeum, 27

Las bodas son la adquisición de la inmortalidad y la unión de la corrupción con la incorrupción por un nuevo consorcio.

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 78,2

Por lo que dice: “Mientras fueron a comprarlo”, manifiesta, que aunque queramos ser misericordiosos para después de la muerte, de nada nos servirá para evitar la pena; como tampoco le aprovechó a aquel rico, que fue misericordioso y solícito para con sus allegados.

Orígenes, in Matthaeum, 32

“Mientras fueron a comprarlo”; se encuentran algunos que cuando debieron aprender algo útil lo despreciaron y al fin de la vida cuando quieren aprender, los coge la muerte.

San Agustín, de diversis quaestionibus octoginta tribus liber, 59

“Mientras fueron a comprar”, esto es, cuando se inclinaban a las cosas del mundo buscando gozar como acostumbraban de ellas, porque no conocían los placeres del espíritu, vino el Juez, y las que estaban preparadas, eso es, aquéllas que delante de Dios tenían el testimonio de su conciencia, entraron con él a las bodas. Eso es, adonde el alma pura, unida con puro afecto al Verbo divino, alcanza la perfección.

San Jerónimo

Después del día del juicio no hay lugar para las buenas obras y la justificación, la puerta está cerrada.

San Agustín, de diversis quaestionibus octoginta tribus liber, 59

Recibidos en el reino de los cielos aquéllos que han cambiado su vida por la de los Angeles se cierra la entrada; porque después del juicio no tienen lugar los méritos ni las súplicas.

San Hilario, in Matthaeum, 27

Y sin embargo, cuando ya no hay lugar a penitencia vienen las vírgenes necias pidiendo que se les abra. Por lo que sigue: “Vienen últimamente las demás vírgenes diciendo: Señor”, etc.

San Jerónimo

En verdad es magnífica confesión esta apelación a Dios y es digno de premio este indicio de fe: pero ¿de qué sirve invocar con la voz a quien niegas con las obras?

San Gregorio Magno, homiliae in Evangelia, 12

Afligidas bajo el peso del sentimiento de la repulsa, redoblan la súplica implorando la autoridad del Señor y sin atreverse a llamar Padre a aquél cuya misericordia despreciaron en vida.

San Agustín, de diversis quaestionibus octoginta tribus liber, 59

No se dice que compraron aceite; y así debe entenderse que no quedando ya satisfacción ninguna de alabanza ajena, volvieron llenas de angustia y aflicción a implorar la misericordia de Dios. Pero después del juicio es muy grande la severidad de aquél que antes del juicio ensanchó tanto su inefable misericordia. Y por esto sigue: Y el Señor respondiendo dice: “En verdad os digo, que no os conozco”. De aquí, pues, aquella regla: no sabe los secretos de Dios, esto es, su sabiduría para entrar en su reino, el que, si bien se afana en obrar según sus preceptos, no es por agradar a Dios sino a los hombres.

San Jerónimo

Conoce, pues, el Señor a los suyos, y el que no le conoce será desconocido ( 2Tim 2,19). Y aunque sean vírgenes, ya por la pureza del cuerpo, o ya por la confesión de la verdadera fe, sin embargo, son desconocidas por el esposo porque no tienen aceite. De aquí se infiere aquello de “Vigilad, pues, porque ignoráis el día y la hora”: esta sentencia comprende todo lo que queda dicho antes; a fin de que siéndonos desconocido el día del juicio, nos preparemos solícitamente con la luz de las buenas obras.

San Agustín, de diversis quaestionibus octoginta tribus liber, 59

No sólo ignoramos en qué tiempo ha de venir el esposo, sino que también la hora de la muerte, para la que cada uno debe estar preparado y aun preparado, se encontrará sorprendido cuando suene aquella voz, que despertará a todos.

San Agustín, epistola 80

No faltaron quienes quisieron enseñar que esta parábola de las diez vírgenes se refiere a la venida que todos los días celebra la Iglesia; pero esta interpretación no puede admitirse, pues podría ser impugnada por alguno con razón.

XXXII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO