SAN SERAPIO

14 de noviembre

Nuestro Hermano Glorioso San Serapio Scott nació en Londres el año de 1178, fueron sus padres Rolando, pariente del Rey de Escocia y su Madre (cuyo nombre no sabemos) sólo se sabe que era de la aristocracia Inglesa.

Fue educado en las más rancias tradiciones católicas y siempre prevaleció en Él el espíritu de la caridad y de las más excelentes virtudes.

Fue un buen hijo, siempre atento, algo inquieto, pero sano y devoto; su principal gusto en la niñez era elaborar pequeños altares en honor de los Santos de su devoción.

Cuando joven, siempre gustaba de la soledad y de la vida retirada, aunque no negaba su pasión por la vida caballeresca, más siempre con un toque cristiano, es decir, pelear y defender la honra de Dios y de la Santa Iglesia.

Era cosa rara en un joven, decían sus contemporáneos, ver cómo practicaba rigurosamente, “casi inhumanamente”, los ayunos y abstinencias que mandaba la iglesia, incluso era incómodo a los demás por vivir “como monje en medio de un palacio”.

Más el Señor que guía por su Providencia los senderos de sus Siervos tenía ya destinado a Serapio a vivir y practicar la Más noble y alta misión que sólo para unos cuantos es destinada, ésta es la de Redimir. Palabra Altísima, casi inadmisible en un ser humano, pero única en su especie, que ennoblece al que la desempeña y lo eleva a un rango, casi y por qué no decirlo, eterno.

Por los años de 1190, sea había convocado la tercera cruzada contra los moros y el padre de San Serapio, Rolando, iba en dicha cruzada en compañía del rey Ricardo Corazón de León y del rey Felipe de Francia.

Nuestro Santo iba acompañando a su padre en la cruzada y con su buen corazón y buena cabeza, iba depurando y enfervorizando los corazones y la inteligencia de los soldados, pues por estar en guerra muchas veces eran otros intereses los que los guiaban y olvidaban el fin principal de la batalla de las cruzadas, éste era el dar Gloria a Dios y devolver a los cristianos aquellos lugares santos que eran usurpados por los herejes enemigos de nuestra

santa fe.

San Serapio no escatimó esfuerzos en iniciar la conversión de muchos musulmanes, incluso era admirado entre ellos por ser tan joven y ser tan devoto y celoso propagador de la fe.

Por aquellos años inició a socorrer a los cautivos cristianos redimidos de manos árabes y los atendió y socorrió con notable caridad, a su vez, por una dádiva especial se le permitió portar el uniforme militar y ser considerado como tal, siendo muy observante de las reglas del ejército y mostrando un corazón muy noble y cariñoso con los pobres infieles y con los cristianos necesitados.

Más Dios permitió que al año siguiente (1191) cuando el rey Ricardo, Rolando y Serapio, regresaban a Londres, fueran hechos presos por manos del duque de Austria, y Rolando y San Serapio no salieran de aquella prisión hasta muchos años después. El rey Ricardo, que había sido liberado el año de 1192, prometió enviar el pago del rescate de Rolando y Serapio al duque de Austria, más ese pago nunca llegó.

San Serapio se enteró en ese lapso de encarcelamiento de la muerte de su madre, y postrándose en tierra lo único que se le oyó decir fue: “Bendito seas Señor”, nunca profirió palabras altaneras contra sus captores, ni contra el rey por causa de su incumplimiento, ni contra el duque a causa de sus pésimos tratos. El periodo de la cárcel de San Serapio es un ideal más para el cristiano de hoy, pues sufrió indecibles atropellos por causa de ser inglés y noble, siempre era hostigado y mal tratado por ser casi un asceta. Allí en la cárcel, tal vez por necesidad, tal vez por propia convicción, aprendía a mortificar su vida aún más de lo que ya la mortificaba, era ahora aún más vigilante del ayuno y del silencio, pero con esa lozanía y frescura del Evangelio, pues siempre su trato fue el mismo: dulce, afable, amable, alegre y cortés.

Pasado el tiempo, Dios se valió de Leopoldo VII, hijo del Duque de Austria, para salir en defensa de su Siervo, y así Leopoldo al ver las virtudes de Serapio, supo que Aquél era un Varón de Dios y pidió a su padre el duque que le diese la libertad y lo pusiese en su corte y bajo su cuidado.

Bien es Dios que dota a sus siervos de extraña Virtud, y así pasó con el Glorioso Serapio, de ser rehén pasó a ser el mejor amigo y consejero de la corte del futuro duque de Austria Leopoldo VII.

En la corte era desinteresado, siempre de trato Nobilísimo, en pocas palabras, se notaba su regia estirpe y buen gusto, lo cual le valió la admiración de Leopoldo y su sincera amistad.

Más Serapio siempre vio en la vida cortesana un gran peligro, pues es verdad que tener el favor de los reyes es muy bueno, pero perder por esos favores el favor del Rey del Cielo y de la Tierra, eso es una locura.

Así nuestro Santo siempre fue Devoto y por lo tanto huía de todo lo que fuera cortesano y vivía “cual monje en otro palacio”, ¡qué ironía, Dios lo ponía en los Palacios y Él quería vivir en los Monasterios!Al punto llegó de detestar la vida de “príncipe”, que narran sus biógrafos como habló a nuestro Señor diciéndole:

“Mi Dios y Señor, si por un palacio y un príncipe del mundo te he de perder, te pido mil veces regresar a la Prisión de donde me has libertado”.

Y ¡oh sorpresa!, Dios siempre nos oye, más a veces nos cumple exactamente lo que pedimos, ¡y Nuestro Glorioso San Serapio regresó al calabozo!, esto debido a que el padre de Leopoldo VII, harto de que el rey Ricardo no pagara el rescate de los rehenes decidió regresarlos a prisión, pero de un modo más humillante y con miras a matarlos si no era saldada la deuda.

Allí estuvo San Serapio hasta la muerte del Duque de Austria, y una vez muerto, Leopoldo VII lo liberó y lo nombró consejero real, siendo para San Serapio una gran oportunidad de moralizar la corte, haciéndolo así y siendo ejemplo de cortesano. Siempre daba consejos que buscasen el bien común, más no dudaba en enfrentarse con los enemigos de la fe y hacer la guerra, pues Él solía decir al Duque: “ningún rey tiene trono, dónde Dios no tiene Altar”, y así luchó hasta el cansancio por cristianizar los lugares de infieles y combatir las herejías, ¡podríamos decir con toda verdad que Nuestro Santísimo Hermano Serapio no era nada ecuménico!

Animado con sus nobles ideales de dar Gloria a Dios, dejó Austria y en compañía de Leopoldo VII, fue a España para combatir contra los musulmanes herejes que sometían a vil yugo a los cristianos cautivos.

En 1212 acompañó al rey de Castilla Don Alfonso el Bueno a luchar contra los infieles, logrando recuperar territorio y liberar a cristianos cautivos, más Dios no le concedió la gracia de morir mártir en aquella batalla, sino que al ser gran recomendado del duque de Austria, mereció ser parte del consejo del rey de Castilla y vivir de nuevo en otro palacio y en otra corte; ¡¿Señor, otra vez en Prisión?!, decía San Serapio refiriéndose a vivir de nuevo en un palacio.

A la muerte del rey, el 6 de octubre de 1214, San Serapio se retiró a vivir en la casa del obispo de Burgos y entregarse de lleno a la vida espiritual, cosa que complementaba yendo regularmente al hospital (hospedería) de Burgos para consolar, auxiliar, dar limosna y animar a los enfermos e instruirlos en la fe.

Su largo retiro fue interrumpido cuando el Duque de Austria lo llamó para ir de nuevo a combatir contra los moros herejes el año de 1217, más antes de partir, la reina Doña Berenguela le dio expresa orden de regresar con la comitiva de la Princesa Beatriz, que iba a desposarse con San Fernando III (Terciario Mercedario).

Más aquí estuvo la mano de la Providencia de Dios, pues en 1222, por mandato real fue el principal miembro de la comitiva que llevaba a la Beata Leonor de Castilla (Terciaria Mercedaria) a desposarse con el Beato Jaime I de Aragón (Cofundador de la Orden de la Merced) y allí se estableció en la corte de Don Jaime.

¿Quién puede conocer los planes de Dios?, ¡nadie!, y he aquí que por aquellos entonces corría por toda España la fama de Santidad y milagros que obraba el Patriarca de los Cautivos, el Redentor Admirable, el Hijo Predilecto de María Santísima de la Merced, nuestro Padre y Señor San Pedro Nolasco; quien en 1218 había fundado por mandato Divino de la Reina de los Cielos, la Orden predilecta y única fundada por la Madre de Dios, la Orden de la Merced.

San Serapio que ya había oído de San Pedro Nolasco, pues en las cruzadas era siempre el primero en ser nombrado, deseaba desde tiempo atrás conocerle, más nunca se había concretado ese encuentro, hasta esa fecha memorable.

Fue en la ciudad de Daroca, el año de 1222, cuando nuestro Padre y Patriarca San Pedro Nolasco había ido a pedir limosna para los cautivos cristianos, que se conocieron Él y Serapio, siendo éste último un enviado especial del Bto. Jaime I para auxiliar a Nolasco.

A los pocos días, cuando San Serapio no hallaba ya contento en la vida de la corte y pedía a Dios una señal de su voluntad, recibió de su Padre y amigo San Pedro Nolasco unas palabras “casi Divinas” dice un autor, y las recibió con lágrimas en los ojos y el corazón incendiado de caridad, le dijo:

“DIOS, HIJO MÍO, QUIERE QUE ABRACES EL ESTADO RELIGIOSO EN LA ORDEN DE SU MADRE, MARÍA DE LA MERCED”.

Y desde ese momento, Nuestro Santo Glorioso, dejó todo y a todos y siguió al Sacratísimo Patriarca Nolasco como a su Norte y Guía.

En el mes de abril de 1222, llegaba a los portones del Monasterio de la Merced de Barcelona un Nobilísimo Caballero, de buen porte y atractiva figura, que pedía cobijo bajo el Inmaculado Escapulario de Nuestra Madre de la Merced y a la Sombra Milagrosa del Patriarca de los Redentores, San Pedro Nolasco; ese era el Gran San Serapio Scott, Noble de trato y noble de linaje, consejero de reyes, militar de vida y Mercedario de corazón que ahora quería ir por los caminos de Dios cual pobre fraile.

Prontamente notaron sus virtudes y el porqué la Madre de Dios y nuestra lo había solicitado para su Orden predilecta, siendo su Maestro el Beato Fray Bernardo de Corbera, y a su vez siendo San Serapio el primer Maestro de Novicios, después del Patriarca Nolasco. Contaba con 44 años de edad y aunque era modelo de religiosos, se dedicó al servicio de todos los demás, así

pasó los dieciocho años de su vida religiosa. Mientras tanto llegaban al monasterio turbas interminables de cautivos redimidos por los Mercedarios y Él siendo novicio, no podía hacer otra cosa que tratarlos con la insuperable dulzura que lo distinguía y su caridad paternal que socorría a los más necesitados.

Más Dios y nuestra Madre de la Merced, de quien Serapio era altísimamente devoto, ya tenían planeado su destino y su misión como Redentor de cautivos…

Así la Galia Narbonense, Aragón, Cataluña y Castilla vieron con asombro al hijo de reyes, y consejero de solios, vestido de rudo sayal, parado a las puertas de las casas regias solicitando humildemente limosnas para sus amados cautivos, y también solicitando algo de alimento para sus hermanos frailes.

Viajaba siempre a pie, un pan era su común alimento, y un duro suelo su cama y almohada. La suma austeridad de su vida convenció tanto que logró atraer ala vida religiosa Mercedaria a muchos otros campeones de la Santidad y también muchos benefactores para la obra de María Santísima de la Merced y del gran Nolasco.

Nuestro hermano San Serapio tenía un don curioso por saber quién vivía en pecado y era casi impenitente, por lo cual cuando pedía limosna, no dudaba en dar consejos, a veces fuerte, pero con mucha delicadeza y caridad a aquellos que nuestro Señor le decía que así lo hiciese.

Y sucedió que una vez al pedir limosna, conoció a unos hombres y mujeres de vida licenciosa, y por aconsejarles que abandonaran esa vida, recibió una golpiza que mancho de sangre su Santo Hábito Blanco y le dejó la cara amoratada, más Él quiso ocultar sus golpes, pero al no poder, tuvo que hablar de lo que había pasado, pero antes de terminar, sus agresores confesaron a los frailes su mala acción, pidieron perdón públicamente y mudando de vida a las austeridades de la penitencia.

Otro caso parecido sucedió con un joven que por vivir en las pasiones, al ser aconsejado por San Serapio, le respondió abofeteándolo públicamente, y las autoridades al ver esto detuvieron a dicho joven y lo iban a castigar cuando San Serapio intervino en el juicio y dijo: “Dejadme a mí ser el juez de éste mi caso”, y una vez obtenida licencia decretó la sentencia: “pido que a éste joven se le condene, en castigo de su culpa, a la vergüenza de recibir de mí un estrechísimo abrazo”, ¡enfrenta al mal con el bien, dice la Escritura!

La Orden de la Merced, Orden Redentora y Madre de los Redentores, Predilecta de la Madre de Dios y Única Orden fundada directamente por Ella, se distingue por dar la vida, a ejemplo de Cristo, por aquellos que se encuentran sumidos en cualquier esclavitud, ya sea moral, física, afectiva o de cualquier índole; y así lo vive aún hoy según el ejemplo de sus Padres predecesores, entre ellos San Serapio.

Así en el año de 1229, siendo ya San Serapio, fraile profeso, partió para Argel en compañía de su gran amigo y oráculo Divino, el Glorioso San Ramón Nonnato, quien pertenece también a nuestra Gloriosa Orden, para Redimir cautivos cristianos en tierras africanas.

Al llegar a las playas de aquél lugar son recibidos los Santos Redentores con un desprecio tal que sienten ser peor que leprosos, y son llevados con insultos al lugar donde yacen los cautivos, quienes al verlos brincan de júbilo al ver a los enviados de María Inmaculada, sus Soldados que vienen a dar libertad.

La vista de los cautivos cristianos era, según fieles escritores, un espectáculo peor que deprimente, casi mortal por la sola vista, el trato que recibían ha sido el peor que se ha registrado en la historia como ataque contra “lesa humanidad”. Y allí es dónde San Serapio y San Ramón libertan a precio y peso de oro (peso de oro significa que lo que pesara el cautivo, era lo que se debía pagar por él en oro) a más de 150 esclavos cristianos, quienes eran esperados en España por San Pedro Nolasco y por nuestra Madre de la Merced, a quien eran presentados en su Templo y después eran rehabilitados en su hospital.

En 1232, juntamente con San Ramón Nonato, regresa San Serapio a tierras de Argel a Redimir ahora más de 228 cautivos, y a devolverlos a sus familias.

Es enviado después por San Pedro Nolasco a Inglaterra, Escocia e Irlanda a fundar nuevos conventos de la Orden, a corregir herejías, ilustrar en la fe a los ignorantes y a incendiar los corazones en amor a María Santísima de la Merced, que era para el Gran San Serapio el más valioso Tesoro de su corazón.

Según fuentes muy confiables, allí obró grandes milagros y curaciones, más por su humildad siempre huyó de las alabanzas y loores de la gente; pero su celo por los cautivos lo llevó en 1240 a Redimir otros 98 cautivos a precio y peso de oro, de las cárceles de Murcia.

Por aquellos años ya habían recibido la palma del Martirio muchos Santos Mercedarios, entre ellos San Raimundo de Blanes, Protomártir de la Orden y el Bto. Diego de Soto, martirizados horriblemente en Granada por la Fe en Jesucristo, además nacía en Barcelona la Santísima Fundadora de las Monjas Mercedarias de Clausura, la Milagrosa Santa María de Cervellón.

Ante esto ejemplo de Santidad, San Serapio volvió a pedir a Dios y a María la gracia del Martirio, y ésta vez, su oráculo Divino, San Ramón Nonnato, le dijo:

“¡Gozaos hermano mío, Dios os ha escuchado, de ésta Redención ya no regresarás!”

Quizá una de las escenas que más conmueven a los lectores de las vidas de los Mártires es el momento de preparación para ir al martirio, así en la Orden de la Merced, cada Redención era un adiós, tal vez para siempre, de aquellos que iban a Redimir cautivos.Así veamos con los ojos del alma a los religiosos reunidos en torno al altar de María Santísima de la Merced, entonar himnos al Espíritu Santo, a María Santísima y a todos los Santos, pidiendo por aquellos dos Varones Fidelísimos que partían para ya nunca más volver, quizá.

Así, avanzan hasta frente al altar Serapio y su compañero, y escuchan de San Pedro Nolasco unas palabras, que tal vez son de las pocas que hemos conservado de nuestro Padre:

“Vais hijos míos, a cumplir la promesa hecha a Dios y a su Madre Santísima, aquí en éste altar, de Redimir a los cristianos cautivos a costa de su propia vida, y de quedaros en rehenes en lugar de ellos. Sabed que es Cristo quien os envía cual corderos entre lobos, no temáis, no os amedrente el que por su poder puede quitarles la vida, más nunca sus almas.

No os preocupéis cuando os lleven ante los jueces, mirad que Dios vela por sus Siervos, y vosotros lleváis el nombre más honroso que existe, el de Redentores. Revestíos de Caridad, misericordia y paciencia para desempeñar su misión, y mientras mi Corazón de Padre queda transido de dolor, id ya con mis hermanos cautivos y anunciadles la buena nueva de la Redención.

QUE EL DIOS OMNIPOTENTE GUIE VUESTROS PASOS POR EL CAMINO DE LA PAZ Y DE LA FELICIDAD, Y QUE EL ARCÁNGEL SAN RAFAEL OS ACOMPAÑE PARA QUE VOLVÀIS CON SALUD, PAZ Y GOZO A LA DULCE COMPAÑÍA DE

VUESTROS HERMANOS.”

Al decir esto, San Serapio y su compañero se levantaron del suelo y dijeron: “Procedamos en Paz”, y San Pedro Nolasco les dijo: “SI, HIJOS MÍOS, Y EL SEÑOR SEA EN VUESTRO CAMINO Y SU ÁNGEL VALLA EN VUESTRA COMPAÑÍA”

Así partió para tierras de moros, dónde al llegar encontró la misma mala cara y malos tratos de las veces anteriores, más no obstante logra Redimir a 87 cautivos. Todo iba bien, y estaba por embarcarse de nuevo a España, cuando salió a su encuentro un grupo de cautivos que le dijeron: “Redímenos padre, que ya no podemos sufrir más y estamos resueltos a renegar de la fe”.

Eso solo bastó para que dijera San Serapio: “Salgan todos, que Yo me quedaré en cautiverio por ellos”, y así fue, mientras regresaban a España los cautivos, él se quedó de rehén y predicaba a Jesucristo en medio de la turba musulmana que planeaba un castigo ejemplar para Aquél que de ser príncipe, quiso ser esclavo por los cautivos.

Supo el rey Selín lo sucedido y mandó a comparecer a Serapio, más éste no se estremeció ni se perturbó, mientras que el rey lo alagaba y lo trataba de persuadir para que abjurase. Más al no lograrlo, se enfureció y mandó a azotar bárbaramente a San Serapio, y a untarle sus heridas con sal y vinagre, y después dejarlo encadenado y sin comer por varios días.

Alegre y sereno el Gran San Serapio prosigue en su afán de predicar a Cristo y no le importa lo que padece, aunque según sus biógrafos, fue una carnicería su flagelación.

Pasaron los días y en medio de azotes, hambres y demás, siguió predicando al punto que irritó demasiado al rey, quien planeó un castigo ejemplar para Él.

Plantó una cruz en forma de “X” en medio de la plaza y en ella martirizaría a San Serapio; Él al ver la Cruz dijo:

¡Oh Dulce y precioso leño!, ¡perfecta imagen de Aquél en que murió mi amado Jesús!, por Ti espero subir a la Bienaventuranza.

Inmediatamente fue atado con cordeles muy finos para cortar la sangre de sus articulaciones e inmediatamente fue empezado a desollar, siguiendo con el martirio de enterrarle puntas candentes entre las uñas y la carne de manos y pies, luego rasgar la carne viva con garfios e inmediatamente le trozan una a una sus articulaciones, y le hacen un orificio en el estomago para sacarle metro por metro los intestinos; por fin, le decapitan y le destazan para arrojar sus restos al mar, era el 14 de noviembre de 1240.

Los testigos de su Martirio aseguran que poco antes de morir exclamó en medio de sus tormentos:

“SEÑOR, POR ESTOS TORMENTOS QUE GUSTOSO PADEZCO POR VUESTRO AMOR, OS SUPLICO QUE TENGÁIS PIEDAD DE TODOS AQUELLOS QUE SE HALLAREN EN ALGUNA DOLOROSA AFLICCIÓN”.

Cosa que se verificó con los instrumentos de su Pasión, principalmente el aceite, por el cual se obraron y obran grandes milagros.

Fue canonizado y la Iglesia, y la Orden de la Merced lo venera el día 14 de Noviembre, dónde se bendicen a los enfermos y se ungen con el “Aceite bendito de San Serapio”.

La Orden de la Merced y la Iglesia Universal, en el Ritual Romano, dan la facultad de bendecir el “ACEITE DE SAN SERAPIO”, que es para los enfermos y con el cual se han obrado grandes milagros, el hecho de usar aceite bendito en su honor se deriva del martirio que padeció de ser untado con sal y vinagre, existen además novenas, imágenes y otros objetos de devoción en su honor.

SAN SERAPIO 14 de noviembre