SAN ROSENDO
1 de marzo

…»Y dicen que el obispo imberbe —dieciocho abriles— modificó las armas de sus ascendientes, quitando los adornos a la «cruz deaurata» y cambiando el alfa y omega por un compás y un espejo»…

«¿Por qué —le preguntarían hoy los reyes de armas—, ¿por qué ese cambio en su escudo?»

A diez siglos de distancia, y con la historia en la mano, me atrevo a responder yo, sin temor a herir la humildad del hijo de don Gutierre:

Prefiero la cruz sin los tres globitos que remataban sus brazos, porque el nuevo prelado quería implantar la bandera de la auténtica «cruz» de Cristo —de la cruz sin falsear— en su diócesis y en todos sus dominios. Quiso que esa «cruz» sencilla siguiese siendo de oro, porque veía en el «oro» de la cruz de sus mayores el oro de ley, de las vidas crucificadas. Exigió en el escudo un «compás», porque opinaba que, para crucificarse con Cristo, debía añadir al símbolo de la Redención el compás de la vida, sometida en todo momento a una regla. Mandó que, paralelo al compás, hubiese un «espejo», porque, puesto por Dios sobre el candelero de la cátedra episcopal, se creía obligado a ser espejo para todos: lo mismo para los nobles, que para los plebeyos y para los esclavos…

Según eso, el escudo de armas de San Rosendo es su mejor retrato; no sólo porque en él resaltan los tres rasgos más característicos de su vida privada: su crucifixión en la cruz del deber, su santificación en el molde de un plan o regla de vida, y su constante e intachable ejemplaridad; sino también, porque, además, en él se sintetiza toda su labor social y apostólica, esa labor que cifró: en emplear y recomendar el empleo de las riquezas —oro— en el servicio del Crucificado —cruz—, levantándole iglesias y monasterios; en poner orden —compás— en las familias y en los pueblos de aquella época tan agitada; y en exigir la limpieza de corazón —espejo— a los eclesiásticos y a los fieles de aquella edad de hierro del cristianismo.

Estudiemos, pues, ese su escudo, hecho vida por él mismo en su peregrinar hacia Dios durante setenta años, y descubriremos la figura del patriarca de los monjes del noroeste de España.

Los portugueses, con don Rodrigo de Acuña a la cabeza, tratan de hacerle nacer por casualidad en Portugal, a unas cuatro leguas de Oporto.

Los gallegos y la tradición quieren que haya abierto sus ojos a la luz en Salas, pueblo de la provincia de Orense.

Respeto la opinión del arzobispo de Lisboa, don Rodrigo, y la de los cronistas que copiaron de él. Pero me quedo con la tradición. En primer lugar, porque no me merece crédito un cronista que, siendo oriundo de Galicia, se constituye en defensor infatigable de la Casa de Braganza y se presenta como un enemigo declarado de los gallegos. En segundo lugar, porque la lógica de los hechos así lo exige: Santa Ilduara era oriunda de Puertomarín (Lugo); de ordinario vivía en las posesiones que su esposo don Gutierre tenía en la cuenca del Arnoya (Orense); cuando en 907 Alfonso III emprendió la marcha contra Coimbra, llevando consigo al conde don Gutierre, que era uno de sus principales caudillos, ¿vamos a creer que don Gutierre iba a consentir que su esposa, doña llduara, subiese, en estado, por la Vía Romana de Astorga a Braga, las montañas del Jurés, Santa Eufemia Y Porteladome —tres leguas de cuestas empinadas y de despeñaderos peligrosísimos— y recorriese, entre soldados y carros de guerra, las otras catorce leguas que separan a Porteladome de Oporto? ¿No parece más humano que la dejase con sus familiares en Puertomarín o en alguno de los pazos que poseía entre las actuales villas de Ginzo, Bande y Allariz? Opino con la tradición que la dejó en un pazo a orillas del río Salas.

La tradición reza como sigue:

«No era estéril la condesa. Pero se le morían los hijos, recién nacidos. Una vez que el conde don Gutierre se fue en la expedición de don Alfonso III contra Coimbra, vino Ilduara, su esposa, a orar a este valle. Estando aquí, una mañana, subió a la ermita de San Salvador, sola y descalza, y llorando. Llegó fatigadísima. Así y todo, se puso enseguida en oración. Muy devota de San Miguel, se postró lo primero ante su altar. Allí permaneció largo rato. De pronto, oyó una voz que le decía: «Alégrate, Ilduara, que tu oración ha sido atendida. He aquí que concebirás y darás a luz un hijo que será grande delante de Dios y de los hombres». Y sucedió así como el arcángel le profetizó. Santa llduara, para agradecérselo, mandó construirle una iglesia en aquellos contornos. Al terminarla, le nació el niño, Pensaba bautizarle en San Salvador. Pero, al subir unos carreteros al monte con la pila bautismal de la parroquia, se les rompió el carro. Fueron a buscar otro. Y, mientras tanto, San Miguel se llevó la pila a su ermita. Entendió la condesa que, con aquella faena, el ángel quería indicar su deseo de que fuese bautizado el niño en la nueva iglesia; y así lo ordenó a los suyos. Le pusieron por nombre Rosendo. Sucedió todo esto a finales del siglo nono o a principios del diez».

Como todas las tradiciones, la de San Rosendo llegó a nosotros envuelta en las gasas de la leyenda. La bola de nieve, al dar vueltas y vueltas, a través de los siglos, falseó algunos hechos y ocultó otros. Por ejemplo: hoy, a la luz de los documentos históricos, es insostenible el mayorazgo de San Rosendo, pues el mayor de los hijos logrados de don Gutierre y de Santa Ilduara consta que fue Munio, el que asistió el 27 de septiembre de 911 a la junta de prelados y magnates convocada por Ordoño II en Aliobro (Portugal) y el que fue padre de don Arias, sucesor de su tío San Rosendo en la mitra mindoniense. A la luz de esos mismos documentos históricos tampoco se puede sostener ninguna enmarcación exacta del pazo en que nació el Santo. Así y todo, la tradición es verídica en lo sustancial del relato: que el nacimiento fue anunciado por San Miguel y que el bautismo revistió mucha solemnidad.

El nacimiento tuvo lugar el 26 de noviembre del 907. El bautismo, a los pocos días. En él actuó de bautizante Sabarico, tío del recién nacido. Con tal ocasión la nobleza felicitó a los condes. Todos los colonos hicieron fiesta. Los esclavos, que recibieron la libertad aquel día, saltaron de gozo. Hubo regocijo general.

Don Gutierre, en acción de gracias, sin dejar sus cargos, se dedicó en adelante a fundar monasterios y reconstruir iglesias. Hábil gobernante y cristiano piadoso, transfundió a su hijo el rico legado de su carácter robusto.

Doña Ilduara, por su parte, fue dotando las iglesias y monasterios que su marido construía, con fincas, con vestiduras, con vasos sagrados. Noble y desprendida, fervorosa y santa, mereció el premio que le profetizara el mensajero celestial: «un hijo grande delante de Dios y de los hombres».

Rosendo, vencida la cuesta de la infancia, pasó a Mondoñedo con su tío paterno, Sabarico II. En los claustros de la iglesia episcopal aprendió los latines e hizo sus primeras escaramuzas por la sagrada Biblia. De sus años allí dicen los biógrafos: «Juventud con peso de anciano; palabras dulces y eficaces; nada de infantilismos ni de vanidades del mundo; amigo de la soledad y de la oración; aplicado en sus estudios, modesto y grave aunque sin desabrimientos; alegre y feliz, pero sin ligerezas; de rostro agradable; de estatura mediana»… Cuando uno se encuentra en los cronicones con fichas escolares como la precedente, siente la tentación de preguntar: ¿no serán elogios de relleno? En el caso del hijo de Santa Ilduara la negativa nos la dan los reyes, los prelados y los nobles que le asocian desde sus doce años a su gobierno, y a sus decisiones, y a sus escrituras; el 18 de mayo de 919 ya suscribe en la corte de los reyes de León, con los prelados y con los magnates, el diploma que su tío Ordoño II concede a aquella iglesia.

No sabemos cuánto tiempo ni en qué año, pero parece indiscutible que pasó una buena temporada en algún monasterio benedictino, que pudo ser muy bien el de San Salvador y Santa Cruz de Puertomarín. En él estudio letras y ciencias. En él saboreó la Sagrada Escritura y leyó a los Santos Padres. En él dicen algunos que fue abad durante unos meses. En él quizá le sorprendieron los que le llevaban la mitra episcopal. En él, al menos, se retiró para medir sus fuerzas antes de dar el sí. En él, sin duda, oró a Dios de esta manera:

«Señor, cuando en mi casa paterna yo crecía entre el relinchar de los caballos y los gritos de los hombres de guerra, Tú me arrancaste de aquel ambiente. Cuando, después, pasé unos años con mi tío, en Mondoñedo, entre clérigos y cortesanos, Tú me trajiste a este remanso de paz… Soy feliz con mis estudios y con mis rezos. Me encanta la soledad y el olor a tojo. ¿Por qué te acordaste ahora de mí? Déjame saborear la cruz desnuda de la pobreza, de la castidad y de la obediencia. Déjame vestir el hábito de San Benito…»

Y allí, en la confusión de su mente y en lo encontrado de sus sentimientos, tuvo la revelación de que hablan todos sus biógrafos: de que su cruz era la mitra.

Hacia Mondoñedo, por el camino, las espinas de los tojos pinchaban sus pies delicados. Pero el oro de sus flores llenaba, al mismo tiempo, su alma ambiciosa. Cruz-oro, trabajo-mérito, apostolado-santidad, dolor-cielo. Ese era el programa que gritaban a sus oídos los espinosos tojales que florecían en oro en aquel invierno del 925, cuando él contaba apenas dieciocho años.

Mondoñedo —tierra verde, regada como el paraíso terrenal por cuatro ríos— le recibió con los brazos en cruz. Lo mismo el clero que el pueblo yacían sepultados en el marasmo consiguiente a la pérdida irreparable de su pastor Sabarico II; y lo mismo los nobles que los plebeyos y que los esclavos vivían en continuas y enconadas luchas: estaban en la cruz de la orfandad y en la cruz de las desavenencias. En circunstancias tan críticas necesitaban el santo que les enseñase a sacar gusto a su cruz, entusiasmándoles con la cruz de Cristo; el sabio que enfocara y centrara sus vidas desordenadas, calmando los ánimos perturbados e insatisfechos; el guerrero que humillara de una vez a los perturbadores de la paz. Todo eso esperaban del descendiente de los Arias. Todo eso prometía y hacía esperar el peso, y el saber, y la nobleza de Rosendo.

Sentado en la silla de su tío, lo primero que pidió a Dios fue la paz.

Para conseguirla, empezó por reconstruir, ayudado de sus padres, los monasterios e iglesias que lo necesitaban. Con ello serenó y conquistó a los abades de toda Galicia, la nobleza eclesiástica de entonces.

Emparentado por línea paterna y materna con reyes y condes —la nobleza civil de aquellos tiempos— se granjeó enseguida su amistad reconciliando a unos, dirimiendo las contiendas de otros, aconsejando a sus parientes los reyes de León…

De profundos sentimientos humanitarios, sufría horrorosamente ante los abusos con la esclavitud. Eso le llevó a trabajar por su abolición, empezando por dar él paulatinamente libertad a sus esclavos; y siguiendo por recomendar lo mismo a los nobles y señores. Con eso se convirtió en el padre de todos los libertos. Con eso centró en si todas las esperanzas de todos los que aspiraban a la libertad. Y con ese calmó los ánimos de todos los oprimidos.

Esa triple actividad del hijo de Santa llduara: en el orden monacal, en el orden militar y político y en el orden social, refleja el carácter singular, por lo multiforme, de su episcopado en Mondoñedo.

Lo segundo que pidió San Rosendo al Señor desde la silla de su tío fue la gracia de retornar a la vida ordenada del claustro.

«Y sucedió que, hallándose una vez en oración en el monasterio de Caaveiro, le reveló el Señor que era su voluntad que fundase un gran monasterio en el lugar de Villar, en tierra de Bubal, a orillas del Sorica o Sorga, afluente del Arnoya. Esta revelación debió tenerla hacia el año 934; por ella comprendió San Rosendo que el nuevo monasterio había de ser su lugar de descanso.»

El primer paso que dio fue asegurar la posesión del solar, consiguiendo que su hermano Fruela y su prima Jimena cediesen todos sus derechos sobre la finca de Villar a favor del futuro monasterio.

Asegurada la posesión, en aquel valle de la provincia de Orense, «donde los vientos eran apacibles, los bosques bienolientes, el riachuelo suave y la soledad mucha», se oyó por primera vez el martillo y tableteo de los que preparaban andamiajes. A los pocos días, el repiqueteo desacompasado de los canteros hizo pensar en el próximo repique de las campanas y en la salmodia rítmica de los futuros monjes.

Ocho años. Donaciones de ricos y de pobres. Sobre todo, de Santa Ilduara. Idas y venidas del obispo de Mindoni. Entusiasmo en todos. Expectación.

Y el 25 de septiembre del año 942 —domingo— San Rosendo vio coronados sus anhelos. Recibió el abrazo fraternal y de felicitación de once obispos —los de los reinos de Galicia y León—. Le besaron afectuosamente la mano veinticuatro condes. Le reverenciaron como a padre y pastor larga serie de abades, presbíteros, diáconos, monjes. Y oyó los aplausos de la muchedumbre, entusiasmada ante la grandiosidad del monasterio y la solemnidad del acto.

Consagrada la iglesia y firmada la escritura de dotación, en la que nos dejó un perfecto retrato de su alma, entregó el báculo de Celanova (que así se llamó desde entonces Villar) al monje Franquila, abad que había sido de Ribas del Sil. Y Celanova fue en adelante el blanco de las miradas de todos los fieles, el espejo de todos los monasterios de Galicia, y la heredera casi forzosa de todos los familiares del Santo y de muchos condes y reyes del noroeste de la Península.

El fundador de Celanova se volvió a su Mondoñedo. Allí siguió apagando rencores, satisfaciendo avaricias, pacificando matrimonios, sofocando conspiraciones, serenando ánimos… De vez en cuando se le recrudecía la tentación de Puertomarín:

—Los nobles creen. Los demás, también. Pero las pasiones, que los siglos legaron a unos y a otros, no se calman con un soplo. ¿Qué habré hecho yo para que el Señor me condene a esta lucha y a este destierro? ¡Si mi mundo es el claustro!…

Otras veces recordaba la visión de Caaveiro:

—Señor, ya está terminada la Celanova. ¿Ha llegado la hora de irme?

Y un día cayó en la tentación de renunciar a la sede mindoniense. Y otro, se arrodilló ante San Franquila, abad de su monasterio, y le habló así:

—Padre, el hábito y un rincón.

Y otro, le vieron los monjes como uno de tantos, rezando y estudiando, y trabajando…

Fue feliz, lejos de los negocios y de los nobles y de las responsabilidades de la mitra. Sólo tres personas turbaron su paz: el ángel de su guarda, su madre y el rey. El ángel de su guarda porque bajaba al coro a rezar con él y le alumbraba con sus alas de luz, y le obligaba a profetizar el futuro, y le infundía compasión para que curara a los enfermos y resucitara a los muertos… Su madre porque cada día le llegaba con una nueva donación y porque, después de asegurar detrás de sí una espléndida estela de santidad, murió como los justos en su monasterio de Vilanova —a cuatro kilómetros de Celanova— el 20 de diciembre del 948. El rey Ordoño III porque le sorprendió con la orden siguiente:

«Ordoño rey, al padre y señor Rosendo: Salud en el Señor. Por el mandato serenísimo de este nuestro decreto te encargamos el gobierno de la provincia que mandó tu padre y terrenos adyacentes hasta la mar, de suerte que todos concurran allí a obedecerte en las cosas de nuestro servicio y cuanto dispongas lo cumplan sin excusa ninguna. Dado el 19 de mayo del año 955.»

Es ésta otra faceta de la vida de San Rosendo. La patria le arrancó de la paz de su celda. Por la patria, monje se trocó en gobernador. Y por la patria sus labios, que sabían bendecir y salmodiar, ahora dieron órdenes y refrenaron abusos; sus manos, que habían empuñado el báculo y consagrado iglesias, ahora sujetaron las riendas de un caballo de guerra y blandieron la espada.

Durante su gobierno cruzaron los moros el Mondego y llegaron hasta el Miño, como una ola de sangre y de terror. Enterado nuestro héroe, les salió al paso. Y les obligó a retornar, maltrechos, a sus reales.

Poco después —en 968— tuvo lugar la invasión de los normandos. Un año entero de robos, de incendios, de profanaciones, de raptos… de horror. San Rosendo, mientras reunió y armó a sus tropas, dejó que se cebara la furia y la avaricia de los invasores. Cuando vio que, cargados de despojos, intentaban embarcar para sus tierras, lanzó contra ellos al conde don Gonzalo. Y los hijos de Odín, impetuosos como su dios Thor, se encontraron con que habían agotado el furor salvaje de las valkirias y con que les arrollaba la venganza más que justa de los indígenas. Borrachos de triunfos y de botines, se habían creído inatacables. Pero la realidad fue que, en virtud de la táctica y estrategia militar de San Rosendo y del valor del conde Gonzalo, las olas vieron expirar a todos y cada uno al filo de la espada, y el mar acogió en su seno a sus naves vacías. Al día siguiente, los techos de paja de las cabañas normandas de Foz, Cervo, Villaronte y Ribadeo no echaban humo. San Rosendo, desde lo alto de la Agrela —acantilado cuyos pies lamen las olas cantábricas— respiró paz y satisfacción y agradecimiento popular. Y bendijo las aguas que tragaron a sus enemigos, y las aldeas e iglesias destruidas y a todas las familias afectadas por el horror de la invasión.

Y una riada de tranquilidad y de prosperidad inundó a toda Galicia.

Mientras tanto, su libertador, normalizadas todas las actividades industriales y agrícolas, pensó en retirarse de nuevo a las órdenes de San Manilán, el sucesor de San Franquila en Celanova.

En esto, hacia el año 970, quedó vacante la sede compostelana. Todos le señalaron a él con el dedo. Pero su humildad y la esperanza de volver a Celanova le obligaron a negarse. Sólo a instancias de los nobles y de la infanta doña Elvira, tutora del rey don Ramiro III, aceptó la administración provisional dé la diócesis del apóstol. Se cuidó, empero, muy mucho de firmar: «Apostolicae Cathedrae et Sedis Iriensis Rudesindus Episcopus commissus». Temía que diesen por hecho que aceptaba la propiedad.

Poco tiempo rigió la diócesis del apóstol. Aun así, en ese breve tiempo, reformó, la disciplina de varios monasterios, revisó, para evitar complicaciones, las escrituras de dotación de las diversas iglesias, asistió a un concilio en León, acompañado de San Pedro de Mezonzo, y contagió dinamismo apostólico a los monjes y a los clérigos.

Hacia el 974 cayó definitivamente en la tentación de encerrarse en Celanova.

Allí pasó sus últimos años, entregado a la oración y a la predicación. Y a la edificación de los monjes con el ejemplo. El diácono Egilano, en una donación que hizo a Celanova, le retrata en este período de su vida con estas palabras: «A vos, egregio obispo, señor Rosendo, padre santísimo, verdadero maestro, que enseñáis a vuestros súbditos con la palabra y con las obras…»

Allí se rodeó de un buen grupo de monjes con grandes valores humanos y les dio su impronta de piedad y amor a la cruz, su impronta de disciplina monacal y su impronta de ejemplaridad para todos. Con otras palabras: allí perpetuó el simbolismo de su escudo de armas.

Y allí apagó sus días el 1 de marzo del 977, después de haber reflejado en su testamento su fe, su saber escriturístico, su humildad, su amor a la Orden benedictina, su predilección por Celanova y su deseo de vivir por toda la eternidad como había vivido todos los días de su azaroso peregrinar por la tierra: «bajo la providencia de Dios».

Los monjes que cerraron sus ojos, conservaron sus restos mortales como el mayor y mejor de los tesoros del monasterio.

SAN ROSENDO 1 de marzo