SAN PALEMÓN
11 de enero

La idea de soledad ha fascinado a muchos santos, y también a San Palemón lo arrastró al desierto. El Evangelio nos dice que «el niño crecía y se fortalecía en el espíritu y vivía en los desiertos…» (Lc. 1,80).

Pero el hombre no puede permanecer solitario si no está sostenido por el espíritu. El hombre puede estar alimentado de silencios y soledades, y si el silencio y la soledad nos asustan es porque comprendemos en seguida que seremos juzgados y que se derribarán nuestras máscaras y que la celeste voz no seguirá siendo sofocada por nuestra propia voz.

Aun cuando hayamos logrado que el silencio y la soledad ya no nos espanten, no por eso dejamos de ser unos falsos eremitas, porque todavía no hemos descubierto en el silencio y en la soledad lo que la renuncia exige para que realmente sea un bien: el despego incluso de las mismas ataduras espirituales. ¿Dónde se puede encontrar un silencio que dure más de un minuto? En el desierto. ¿Dónde encontrar una soledad que dure más de una noche? En el silencio amplio de los desiertos.

La época de Palemón era la edad de los desiertos, con celdas solitarias bajo el azul negruzco de los cielos inmensos. Palemón se hizo santo escuchando a nuestro Dios, hablando con Él en el enorme silencio de los descampados. Los ermitaños evocaban aquella incomparable tarde de la creación cuando el sol se alejaba de la tierra por vez primera, mientras los campos no tenían hombres que los labrasen. Dios aún no acostumbraba a pasear por el paraíso palpando la brisa del atardecer.

Los ascetas en las tardes emocionadas retañendo los campaniles y entonando rezos armoniosos llenaban las horas del crepúsculo.

Eran tardes jubilosas de quienes no temen a las tinieblas en soledad aunque lleguen los tremendos ruidos de las noches hondas y alargadas sin el brillar de las estrellas. Esos ermitaños solitarios sentían en voz alta, calmada o angustiada según estuviesen por dentro sus almas.

Tardes de San Palemón ermitaño, parecidas a las de los desiertos de hoy, sin sonar de semáforos ni estrépitos de fábricas ni de raíles; tardes solitarias sin estridencias. Todo era paz en los desiertos aquellos sin caminos ni flores. También por las tardes baja Dios en nuestras tardes festivas a los corazones de hoy en las misas vespertinas, a la misma hora en que la tristeza se ahonda en su corazón divino por los espectáculos y por los licores cien veces mezclados.

San Palemón hoy día se hubiera retirado a la soledad más allá de los míseros suburbios, donde los trenes no silban y donde los pesados autocamiones no crepitan, y hubiera huido de los bellos paisajes y de las estrepitosas concentraciones deportivas.

Hasta el extenso desierto en que vivió primeramente San Palemón no hay una senda; ni tampoco existen indicaciones que señalen su situación sobre la tierra. Siempre en el desierto es difícil hallar aguas inagotables, y cuando se descubre un manantial el agua despide un olor nauseabundo y como a betún; pero su gusto no es desagradable.

Deliberaba Palemón sobre su vida futura: ¿continuaría él en el desierto o buscaría un monasterio donde poder vivir en comunidad? El cielo le dio la respuesta; de este modo antepondría la vida eremítica a la monástica. La regla sería la de San Pacomio. Juntos levantaron un amplio edificio con muchas celdas. Así empezaron su renombrada santidad en medio de la mayor de las pobrezas.

Palemón, aquel solitario que rezaba en los desiertos, no querría abandonar sus silencios y su absoluto recogimiento. Está acostumbrado a mirar a los árboles y a escuchar sumudo y misterioso lenguaje. No conoce el chirriar de los portones toscos del monasterio. No ha visto nunca las celdas alineadas en pasillos anchos con arcadas y patios.

El que se mortificaba con los soles sofocantes y con los fríos de los amaneceres invernales dormirá bajo techado, defendido contra las lluvias y contra el calor del mediodía.

Acudirá Palemón a la iglesia para hacer la oración preceptuada con los otros monjes hermanos. Y en unos atriles grandes y altos del coro central colocarán libros de rezos copiados con esmero y paciencia.

Con una misma música entonarán las sacras canciones que se elevan como inciensos en las solemnidades litúrgicas de la comunidad monástica. Sinceramente, Palemón lo encuentra todo como algo ficticio. Para rezar una fórmula, para cantar unas notas idénticas, para pasear, descansar y madrugar han de tener un mismo horario. Vivirá con exactitud la regla de Pacomio, al igual que antes se ha santificado sin reglamentaciones escritas. Dios está en todo lugar y se le puede adorar en todos los rincones en espíritu y en verdad. Palemón tiende a adaptarse y lo consigue. Vestirá hábito pobre, pero limpio. Su comida será austera y estará entremezclada con los ayunos prescritos.

Ha dejado Palemón sus costumbres solitarias. Ha dejado de ser como un pastor. Y es que donde nadie está, allí se encuentran los pastores. Ellos no precisan compañía; solos bajo los astros y bajo los vientos y las lluvias; por las noches negras y cerradas y al sol de los días ardientes y espléndidos. Sus caminos, como antes los de Palemón, son caminos de estrellas y sus cartografías y sus guías tienen por orientación la cruz que forman los invisibles meridianos y paralelos. Los marinos de todos los tiempos y los pastores y ascetas de todas las épocas han mirado encariñados a los cielos, y a través de las llanuras de arenas y de las longitudes incalculables de los mares han andado las distancias de sus vidas. San Palemón para siempre ha dejado sus días ermitaños, cuando como los pastores y los soldados dividía sus horas de rezos por el avanzar y el declinar del sol y de las estrellas.

Pacomio, Palemón y Antonio fueron tres admirables hombres que se encerraron en la región de la Tebaida. El monasterio de Palemón y Pacomio fue edificado en Tabennisi. San Macario lo había levantado en Escitia. Macario, ya anciano, irá a visitar a Palemón y a Pacomio.

A fin de que el recogimiento fuese profundo y lo parecido posible al de los ermitaños, los monjes residían en celdas separadas unas de otras; así deberían hablar menos con los compañeros y dialogar más con Dios. También la austeridad pasaría inadvertida y no se excitaría la vanidad. Muchos monjes se alimentaban exclusivamente de crudas legumbres remojadas con agua. El pan era amasado en el mismo monasterio sosteniendo los cuerpos de aquellas almas que pensaban más en el Señor que en su sustento.

En tres partes se dividía la jornada en el monasterio de San Palemón: las plegarias públicas o privadas centralizaban la actividad monástica; mutuamente se instruían y entusiasmaban en el seguimiento de los caminos de Dios. También se dedicaban al trabajo manual y a los quehaceres precisos para el sostenimiento de la comunidad.

Cuatrocientos monjes componían la comunidad de Tabennisi. La regla era dura dentro de la discreción. Durante la Cuaresma Palemón y sus compañeros no tenían límites para sus asperezas y sus mortificaciones. Algunos no tomaban alimento más que al anochecer. Otros monjes de Tabennisi cada dos días comían; algunos resistían ayunando cinco días.

Para domar su carne y hacer penitencia, algunos permanecían de pie en oración durante la noche. Era frecuente en el monasterio de Palemón utilizar las hojas de palmera para saciar el hambre provocada por los ayunos.

Había quien prefería hojas de col. Para que el diablo no pudiera mezclarse en estas mortificaciones y combatir así el orgullo, Palemón comía algunos de estos elementales alimentos. De esta manera no se singularizaba tanto. Palemón siempre acudía a Pacomio, que era el abad de aquel monasterio, porque en los asuntos ascéticos se camina más velozmente dirigido por un experto guía espiritual. Cuando el monje obedece, las sombras y las luces separan por completo sus propios campos.

Como la sencillez de su vida fue la admirable muerte de este monje, que empezó sus caminos santos como ermitaño. En el cielo las estrellas le dejaron paso para habitar con el Señor de los bienaventurados.

SAN PALEMÓN 11 de enero