SAN JUAN DE BRITO

4 de febrero

UN NOBLE PORTUGUÉS

El caso de Roberto de Nobilino (1577-1656), el famoso jesuita inculturado en la India, no fue una lucha entre italianos partidarios de la inculturación y portugueses violentamente opuestos a ella. Junto a él y con sus mismos métodos trabajaron varios portugueses. Para probarlo más contundentemente se nos presenta ahora un portugués de la más alta prosapia, hijo de un héroe de la insurrección de Portugal contra España para recobrar su independencia, nacido siete años después de recuperada (el 1 de marzo de 1647), que había sido paje de la corte de Juan IV y compañero de juegos de los príncipes. Él pudo asimilar como nadie los ideales del gran imperio portugués y purificarlos en el crisol de los Evangelios, y no fue un agente de la expansión lusitana ni tampoco de la civilización occidental, sino humilde y libre siervo de Dios. Su fórmula final fue semejante a la de Roberto de Nobili, pero en la variedad de los pandaraswamis fundados por él e inaugurados por Baltasar da Costa.

Precisamente fue éste el que conquistó a Brito para la India cuando a fines de 1671 visitó Coimbra; con él reclutó a otros nueve jóvenes y la expedición partió el 1 de marzo de 1673. A los quince días les siguió un grupo internacional de 27: 15 portugueses, cuatro italianos, dos belgas, un inglés, un suizo, un francés, un saboyano, un irlandés y un tirolés. No se diga, pues, que en el Padroado sólo cabían portugueses.

Los dos enfermaron en la travesía, el anciano Baltasar da Costa y el joven Juan de Brito; éste se curó, pero aquél falleció el 21 de abril. El 4 de septiembre avistaba la bellísima costa de Goa y remontaba la inmensa ría del Mandovi para desembarcar donde lo habían hecho a Francisco y Jerónimo Javier, Mateo Ricci, Alejandro de Rhodes y Roberto de Nobili.

INICIACIÓN

Un año más tarde nuestro noble portugués hacía el viaje costero a Ambalakatt, más al Sur en la costa occidental, para hacer la tercera probación e iniciar el estudio del tamil. En esto le pudo ayudar la imprenta instalada en la casa y de la que salieron la gramática tamil escrita por Baltasar da Costa y un diccionario tamil-portugués preparado por Antonio de Proenza. Fue familiarizándose con su enrevesado alfabeto y la largura kilométrica de sus palabras; supo que su nombre de pila en tamil era Arulanandam y lo adoptó. En adelante le llamarían Arulanandaswami o simplemente Swami, Padre.

Al cabo de un año en Ambalakatt recibió su primer destino, que fue a Kolei, un poco al Nordeste de Madurai. Precisamente el padre Andrés Freyre, que era su párroco, pero entendía de imprimir y había venido a Ambalakatt a echar una mano en la imprenta, tenía que volver a su parroquia y podía acompañarle. Podrían haber hecho el viaje por mar (Kolei está cerca de la costa oriental), pero prefirieron hacerlo por tierra y a pie, atravesando los Ghats, es decir, las montañas que van de Norte a Sur como una espina dorsal. A pie y descalzos, porque ti carecían de calzado apropiado.

El mes de junio, ya comenzadas las lluvias monzónicas, particularmente fuertes en la franja occidental de la península, se quitaron las sotanas negras, se pusieron el vestido de los pandaraswamis (túnica de color azafrán, un cordón a la cintura, un chal ligero sobre los hombros, turbante), y partieron.

Dando un gran rodeo, se desviaron un poco al Norte para torcer luego hacia el Sur, hacia la costa oriental. Freyre como veterano fue instruyendo a su compañero sobre la historia de la India, y de aquella región en particular: en el Norte reinaba incontestado el Gran Mongol; en el centro Shivaji, el héroe Maratha del Deccan, lo contenía y lo azuzaba cuando podía; el Sur estaba dividido en los reinos de Vijayanagar, Bijapur y Golconda, subdivididos a su vez en reinos tributarios más o menos importantes, al mando de nayaks, como el de Madurai. De la benevolencia de estos últimos dependía mucho la labor misionera.

Pero la lección más incisiva, referente a otra división, la de las castas, la récibió con una experiencia práctica la primera noche en que tuvieron que llamar a una puerta para ponerse a salvo de la lluvia que caía torrencialmente. El amo les dejó pasar, cómo no, pero les sometió a un interminable interrogatorio sobre su origen, profesión, objeto del viaje, etc., y al fin les permitió extender sus molidos huesos sobre el duro suelo, pero no les ofreció un bocado. Brito aprendió lo sutilmente que funcionaba la diferencia de castas. Lo que solapadamente inquiría su anfitrión era su casta, y no les dio la proverbial hospitalidad india porque les consideró impuros.

PRIMERAS ARMAS

Llegados a Kolei, Freyre se hizo cargo de la parroquia dando tiempo al recién venido para aprender tamil. Más tarde dividió la parroquia en dos; él abriría un nuevo centro un poco más al Norte y Brito otro al Sur en Tattuvancherry. El novel misionero se convertía así en panguswami (de pangu, parroquia, y swami, cura). Su pangu era extensísimo, con puestos de misión que aún le recuerdan: Udayarpalaiyam, Sikkalnaichanpattai y (prepárense ustedes) Gangaikondacholapuram.

Cruzar a pie este vasto territorio sin carreteras ni puentes e infestado de bandidos y animales salvajes requería tanta fuerza como valor. El calor, la escasez de agua, la alimentación monótona y extraña eran otras tantas dificultades. Llegar a un pueblo, muerto de sed y rendido de cansancio, y, en vez de tomar un baño refrescante y reposar, atender a la gente hasta bien entrada la noche, fue cosa de todos los días para Brito. Éste fue otro rasgo en que se diferenció de Nobili; Nobili no se movía de su residencia, era el maestro al que la gente acudía a escuchar; Brito, el predicador que recorría incansable los pueblos en busca de la gente.

Por suerte para el nuevo panguswami, el poligar de Udaiyarpalaiyam, en cuya jurisdicción se encontraba, era una bellísima persona. Poco después de tomar posesión de la parroquia fue a saludarlo; bajo su atuendo de pandaraswami seguía vivo el antiguo paje de la corte portuguesa y no le fue difícil ganarse la simpatía del poligar y obtener permiso para predicar el cristianismo en su territorio. La noticia de la protección del poligar contuvo de momento la oposición de sus adversarios brahmanes, que nunca le dejaban en paz. Luego, cuando quiso construir casa e iglesia fue también a pedirle permiso, que el poligar concedió con gusto. Pero sabiendo que las grandes construcciones podrían suscitar suspicacias, la suya fue en extremo modesta.

Tan modesta que, cuando en diciembre de 1677 hubo una riada, el agua socavó el terraplén sobre el que estaban edificadas casa e iglesia. Era la noche del viernes 17 de diciembre y estaba instruyendo a un grupo de catecúmenos.

Seguía lloviendo a torrentes y el agua seguía subiendo. Sólo el lunes, a los tres días, comenzó a bajar. Pero tanto la iglesia como la casa habían quedado inservibles.

Informado de la desgracia, el poligar le envió un mensaje para ofrecerle alojamiento en su propio palacio y pedirle que le permitiera al menos reconstruir casa e iglesia a sus expensas. Para Pascua de 1678 ya estaban reconstruidas, con gran alegría de sus 2.350 cristianos. El sitio, en medio de un inmenso bosque, estaba muy apartado, pero su gente llenó el modesto templo para la misa pascual. Oyó 3.000 confesiones, de allí y de los alrededores, y administró 300 bautismos.

INCANSABLE

El derrumbamiento de la iglesia de Tattuvanchery, su rápida reconstrucción y las multitudes que acudían de todos los rincones de la región, la habían hecho famosa y atizado la hostilidad de sus adversarios. Esto y lo apartado del lugar movió a los superiores de Brito a trasladarlo a Kuttur, que estaba más céntrico y empezaba a tener una creciente comunidad cristiana.

Siguieron unos años en que nuestro pandaraswami tuvo que moverse más de lo que hubiera querido. No todas las autoridades le miraban con buenos ojos. Había gobernadores que se vendían a sus enemigos o le eran hostiles por persuasión personal. Brito cruzó innumerables veces aquel inmenso territorio atravesando a nado un río tras otro (hay hasta 17).

En una ocasión pasó quince días seguidos en la selva; se enteraron algunos «grandes enemigos de la religión», fueron a por él para matarle, pero ya se había ido.

No pocas veces tuvo que reunir a sus catecúmenos en la espesura del bosque, porque o no disponía de edificio o era peligroso reunirse en un lugar de culto. «Mi misión es tan extensa -escribía- que, cuando voy a una parte, la otra queda abandonada, y cuando me llaman a asistir a un enfermo muy lejos, o lo encuentro muerto o ya sano. Hacen falta más hombres; si no, esta misión corre peligro de desaparecer».

¿INDESEABLE?

Estas palabras desvelan una preocupación común a los pocos que trabajaban en la misión de Madurai, con modo de vida y métodos de trabajo «inculturados», muy diversos de los seguidos a lo largo de la costa oriental y occidental. Ni el Padroado ni Propaganda Fide se interesaba por ellos, quedaban sólo los jesuitas, pero el provincial, Gaspar Alfonso Álvarez, no tenía simpatía alguna por los métodos iniciados por Nobili y seguidos por nuestro Swami y parecía dispuesto a cerrar la misión: el asunto fue hasta Roma y el general, Charles de Noyelle, consultó a Freyre, quien le envió una carta llena de elogios para Brito que firmaron todos los miembros de la misión de Madurai.

La respuesta fue decepcionante: el típico «promoveatur ut removeatur, promoverlo para removerlo; le nombraron rector del colegio de Ambalakatt, pero el nombramiento quedó sin efecto por un cambio en los altos mandos.

COMO UNA FIERA ACOSADA

Brito siguió incansable su apostolado, extendiendo su campo más y más, pero la persecución arreciaba. El gobernador del fuerte de Palayamkottai dio orden de expulsar de sus aldeas a todos los cristianos; el jefe de la policía de Gingi, un tal Rama Nayak, mandó quemar la capilla de Sirukadumbanur (la preferida de Brito); la orden de detención expedida por una de las autoridades fue interceptada por un soldado cristiano y quedó así sin efecto; entretanto Brito pasó días y días en la jungla como una fiera acosada.

El 8 de septiembre de 1683, el gobernador de la provincia de Thanjavur ordenó que se le detuviera y confiscaran sus bienes. Aunque logró escapar a Gingi, una noche arrestaron al padre.

Le insultaron, le abofetearon, le apalearon y luego le pusieron entre barrotes. Como todo ello era ilegal, ya que no tenían autoridad para hacerlo, tuvieron que soltarlo.

La persecución no acabó. Una grave imprudencia de algunos cristianos hizo que el primer ministro de Thanjavur tomase represalias arrestándolos a todos. Brito tuvo noticia de la orden el 9 de enero de 1685 y fue a juntárseles para acompañarlos cuando los arrestasen. Lo disuadieron y él se dejó convencer por el bien de todos.

Aquella persecución amainó porque los cristianos echaron mano de un arma extraña para aquellos tiempos: una huelga. Muchos de ellos eran empleados que cuidaban de los establos reales de caballos y elefantes (orgullo del rey) y se negaron a alimentarlos. Los animales desmejoraron tan visiblemente que el rey se alarmó, se informó del problema, y pidió que se hiciera una investigación imparcial. La tormenta se disipó.

EL «PRIMER MARTIRIO»

El 5 de mayo de 1686 Brito dio un paso que iba a ser trascendental. Cruzó la frontera del reino de Marava, donde había cristianos bautizados hacía 83 años, pero abandonados después. Hasta entonces había procurado atenderlos desde fuera del territorio; ahora se adentró en él.

Como era paso obligado de los peregrinos que iban a la isla de Rameshwaran, de donde Rama y el dios mono Hanumán dieron el salto a Ceylán para rescatar a Sita, las autoridades no podían permitir que la población se hiciese cristiana. Aquella zona tenía que seguir siendo sólidamente hindú.

Al cabo de un mes, en vista de las conversiones que se producían, Brito se decidió a entrar más en el interior; entre el 5 de mayo y el 17 de julio había bautizado 2.070 personas.

Pero llegó un carmelita haciendo exhibición de paranguismo, Brito se aventuró a escribirle una nota aconsejándole discreción, esta nota cayó en manos de espías de Kumara Pillai, un ministro particularmente hostil al cristianismo, y aquello bastó para arrestarle a él y a seis de sus cristianos. Todos fueron ferozmente torturados. Uno cedió y los demás fueron sometidos a nuevas y refinadas torturas.

El 28 de julio el ministro los llamó a su presencia y amenazó con matarlos si no invocaban al dios Shiva. Como se negaron, fueron abofeteados y apaleados y puestos de nuevo en cadenas. El ministro se fue al Marava para obtener confirmación de la sentencia de muerte. Siguieron nuevos tormentos, como el de exponerles desnudos al sol, echados sobre rocas puntiagudas, mientras hombres fornidos los pisoteaban.

Los prisioneros fueron llevados a Ramnad. Llegaron medio muertos después de una caminata de cinco días. A Brito le encerraron en el establo de los caballos. Ranganatha Thevar envió a decirle que invocara a Shiva o al menos que indujera a sus cristianos a hacerlo. Ni uno solo cedió.

Aquel hombre era valiente y admiraba la valentía en quien la tuviera. Sus conversaciones con Brito le impresionaron, el sannyasi extranjero le cayó en gracia, y caprichoso como era, cambió de opinión: dio libertad a los prisioneros y expulsó a Brito de su territorio.

Unos días después, el misionero partió para Topo, donde le aguardaban el provincial y una orden inesperada: el padre que había sido nombrado como «procurador» para ir a Europa había muerto y Brito debía sustituirlo.

En Europa estuvo el tiempo indispensable; quería ser fiel a su voto de morir en la misión y ni el cariño de su madre, aún viva, le retuvo. Salió de Goa el 15 de diciembre de 1686 y el 2 de noviembre de 1690 estaba de vuelta.

CAMINO DEL MARTIRIO DEFINITIVO

Sabía muy bien que iba derecho camino del martirio, pero procedió con extrema cautela. No se apresuró a entrar en el reino del Marava. Empezó a trabajar desde fuera; uno de sus escondites favoritos fue un claro de bosque cercano a la frontera, «bajo un árbol, con tigres y culebras». Allí le venían a centenares; <«desde que he venido he bautizado varios miles», escribía el 25 de marzo de 1692.

Un personaje de la corte, emparentado con el rey, Thadaya Thevar, que tenía fama de ser enemigo jurado de los cristianos y sufría de una enfermedad, creyó que Brito le podría curar y le mandó llamar. Ni entonces se aventuró a entrar. En vez de ir personalmente mandó a un catequista, y no para curarle sin más, sino para instruirle en la fe; la curación podría seguirse si Dios así lo disponía. Primero la fe, después la curación. Fue lo que ocurrió. La gracia obró en aquel hombre y en cuanto se abrió a ella empezó a sentirse mejor hasta curarse del todo. Entonces pidió el bautismo.

Brito se planteó el dilema. Thadaya Thevar no era un cualquiera y su conversión no podía quedar oculta; una de sus mujeres era sobrina del rey, que reaccionaría con violencia y desencadenaría una persecución sin precedentes.

Nuestro pandaraswami extremó su prudencia. Quiso consultar a sus catequistas. Se llamaban Siluvai Nayakker, «mi fidelísimo catequista», el que Brito escogió para preparar su primera incursión en Marava; Suran, de la casa de los pastores, con quien se cebó especialmente la furia de Kumara Pillai; Kanagappan, hombre fornido y resuelto, que se iba a oponer al arresto de Brito como Simón Pedro al de Jesús; Gnanapragasam, que conocía como nadie la austeridad del «Venerable Padre» y hablaba de ella con verdadera ternura.

Brito, pues, los convocó y les expuso el problema: ¿debía bautizar a Thadaya Thevar o no? Respondieron unánimemente que sí; el llamamiento de la gracia era demasiado evidente para rechazarlo y el príncipe podría ser una columna de la comunidad cristiana.

Para más seguridad Brito consultó a su confesor y sólo entonces tomó la irrevocable decisión de bautizar al príncipe Thadaya Thevar. La suerte estaba echada.

Antes de ser bautizado, Thadaya Thevar despidió a todas sus mujeres menos una. Entre las desechadas estaba la sobrina del rey, que conforme a lo previsto juró venganza. Toda la corte se indignó, y más que nadie el rey, Ranganatha Thevar, que dio en seguida la orden de arrestar al sannyasi extranjero.

EL SEGUNDO MARTIRIO

Como su detención era inminente y quería sufrir solo, Brito despidió a sus catequistas, que no lo querían dejar. El que más se resistía era Kanagappan.

Fue el 8 de enero de 1693 cuando un destacamento irrumpió en el claro del bosque donde estaba instalado y se lo llevó.

Un primo del rey, Tiru Udaya Thevar, particularmente hostil, mandó por su propia iniciativa que fueran arrestados también varios catequistas.

Al día siguiente fueron conducidos todos a la capital, Ramnad. Y lo hicieron con una brutalidad que indignó a cuantos lo veían. La gente se agolpaba para verlos pasar. Los cristianos gritaban desolados: Ayo, ayo, Swami, ayo! Ay, Padre, ay!

Al ver cómo le daban de palos, aun los hindúes protestaban: Payan, payan! ¡Vergüenza, vergüenza!; Annyayam! Annyayam! ¡Injusticia, injusticia!

Mientras los prisioneros oraban fervientemente en la cárcel, deseosos de sufrir el martirio, sus amigos hacían gestiones para obtener su libertad. Pero el rey y su primo no estaban dispuestos a ceder. El rey, que ya había expulsado antes a Brito, tomó su vuelta como un agravio personal; sólo le frenaba su deseo de observar las formas legales. Su primo Tiru Udaya Thevar tenía más ojeriza y menos escrúpulos, pero no quería exponerse. Había un tercer enemigo que estaba dispuesto a todo: Popavanam, el gurú brahmán de la corte, que intentó persuadir al rey a que lo ejecutara sin someterlo a proceso. Lo evitó el recién convertido príncipe, que exigió un proceso público.

Éste se tuvo la mañana del 28 de enero en la gran sala del palacio real, ante una concurrencia abrumadoramente hostil. Las pruebas fueron ridículas; pero qué importaba. El rey condenó a muerte a todos los acusados.

Aun entonces hicieron una última gestión los cristianos de la capital. Tiru Udaiya los engañó asegurándoles que Brito no sería ejecutado sino desterrado. La tarde del mismo día 28 se tuvo otra sesión fuera del palacio, pero en presencia del rey y con gran despliegue de elefantes, guardias a caballo y trompetas.

Raghanatha Thevar confirmó la sentencia de muerte. Ya lo llevaban al lugar de la ejecución cuando Thadiya Thevar se abrió camino hasta los soldados; primero tendrían que matarle a él. Tiru Udaya Thevar «salvó» la situación proponiendo dolosamente que los prisioneros volviesen a la cárcel y que Brito fuera expulsado. Luego dio la orden de que éste fuera conducido en secreto al fuerte de Oriyur.

Lo llevaron brutalmente quince soldados. Llegó el día 31, pero la sentencia no se ejecutó hasta el 4 de febrero. El verdugo fue Perumal Velayan, quien contó más tarde lo ocurrido con una extraña mezcla de orgullo, por su eficiencia profesional, y admiración, por la valiente conducta de Brito.

Cuando recibió la orden, Perumal fue al lugar donde le habían llevado ya los soldados, encontró a Brito rezando de rodillas, y se puso a afilar su espada. El gobernador del fuerte se impacientó y mandó a su hijo a decirle que se diera prisa. Brito al oírle se levantó, subió al lugar de la ejecución (un pequeño montículo), y con rostro alegre inclinó la cabeza presentando el cuello al verdugo.

«Se la corté de un tajo», alardeaba Perumal.

El beato Pío IX beatificó a Juan de Brito el 17 de febrero de 1852, y el 22 de junio de 1947 lo canonizó Pío XII.

SAN JUAN DE BRITO 4 de febrero