SAN FULGENCIO DE RUSPE

3 de enero

1. Datos biográficos. Nació San Fulgenio en Telepte, provincia romano-africana de la Bizacena, por el año 467, algunos prefieren 462, de la noble y rica familia senatorial de los Gordianos, víctima ella también de las atrocidades que por doquier perpetraban entonces los vándalos. Sus propios escritos revelan que, huérfano desde tierna edad, su madre Mariana le procuró esmerada educación, comprendido el dominio del griego, algo de veras excepcional allí para aquella época. Administrador algunos años de los bienes familiares, decidió al fin abrazar una vida religiosamente más austera, o comprometida y, a pesar de la firme oposición materna, se hizo monje. La persecución anticatólica, sin embargo, no le permitió disfrutar de su anhelada vida de recogimiento, pues a menudo tuvo que cambiar de residencia, y en una ocasión hasta llegó a ser azotado, junto al abad Félix, por un sacerdote arriano.

La lectura de las Collationes de Casiano, es decir, conversaciones mantenidas por Casiano y Germán con los solitarios del yermo para la edificación del «hombre interior, muy difundidas entre los círculos monásticos, lo impulsó a buscar una ascesis más severa junto a los monjes de Egipto. Puesto ya en camino, justo durante su escala en Siracusa, el obispo local Eulalio con-siguió disuadirle de su propósito informándole del cisma conocido como acaciano, que en ese momento separaba a la cristiandad oriental y, en consecuencia, también a los monjes de Egipto, de la comunión con Roma y todo el Occidente. Ante aquel negativo panorama, resolvió dirigirse a Roma con ocasión de la visita de Teodorico, rey de los Ostrogodos (500). De nuevo en África, reemprendió la vida monástica, pero esta vez con la clara voluntad de entregarse a la ascesis solitaria, por cuya razón tuvo enfrentamientos con los fieles, que le exigían un mayor compromiso comunitario.

Ordenado presbítero, la decisión del pueblo se le impuso no mucho después, como les había ocurrido con sus respectivas comunidades a San Agustín de Hipona (-28 de agosto), San Paulino de Nola (-22 de junio) y el mismo donatista Petiliano de Cirta, y fue elegido obispo de Ruspe, humilde ciudad marítima de la Bizacena (507). Cayó así bajo el rigor del rey Trasamundo (496-523) contra el clero católico y fue desterrado a Cerdeña. Pero su prestigio era ya grande, según reflejan las cartas oficiales escritas desde el exilio en nombre de otros obispos confinados con él, de modo que Trasamundo, a quien agradaba la teología, lo llamó a Cartago en el año 515, para discutir juntos y ponerlo a prueba. No salió el soberano muy airoso de las entrevistas, así que, después de algún tiempo, molesto por los éxitos de la actividad antiarriana de Fulgencio, lo volvió a enviar a Cerdeña, de donde pudo volver, con los demás obispos de África exiliados allí, sólo en el año 523, luego que la muerte de Trasamundo puso fin a la hostilidad de los vándalos contra los católicos. Cubrió la recta final en la propia sede, dedicado a las actividades pastorales y a la producción literaria. Murió el 1 de enero del año 532.

2. Escritos. Con sus obras, que preludian el agustinismo medieval, se hizo intérprete y defensor del pensamiento de San Agustín. Fulgencio reanuda en ellas la polémica que el Hiponense había mantenido frente a los monjes de Provenza, mal llamados «semipelagianos» y que, proseguida por amigos y secuaces del genio africano, permaneció viva en la Galia del Sur al menos hasta el segundo Concilio de Orange (529), reunido para concluir la controversia semipelagiana con la reafirmación de la doctrina de San Agustín. Aunque la Vida de Fulgencio (Vita Fulgentii), escrita por su discípulo Ferrando, diácono de Cartago, que siguió al maestro en el exilio a Cerdeña, recuerda algunas obras hoy perdidas, hasta nosotros han llegado bastan-tes de las muchas que le fue dado escribir.

Contra los Arrianos (Contra Arrianos liber unus) parece ser las más antigua. Escrita el año 515 en Cartago cuando las discusiones con Trasamundo, quien le había hecho llegar algunas objeciones arrianas a la doctrina católica, Fulgencio de-muestra en sus páginas gran dominio de tan compleja materia. Poco después, y en evidentes condiciones de inferioridad, vuelve con A Trasamundo (Ad Trasamundum libri III) en tres libros, sobre temas cristológicos el I, porque acerca de la relación divinidad-humanidad en Cristo se condensaban en este momento los errores de los arrianos y otros herejes; hace suya la ya consolidada declaración: Cristo, uno en la persona en dos naturalezas, y, sobre las huellas de Agustín, la exigencia soteriológica de la unión de las dos naturalezas en un único sujeto. El II, sobre la inmensidad del Hijo y, por tanto, su igualdad con el Padre. Y el III contra los teopasquitas, monofisitas radicales que sostenían que Cristo había padecido con su divinidad, lo que confirma el estrecho vínculo creado en el África vándala y arriana entre controversia trinitaria y controversia cristológica.

Posteriores al exilio son los antiarrianos Contra el discurso de Fastidioso Arriano a Víctor (Contra sermonem Fastidiosi Arriani ad Victorem liber unus), en el que Fulgencio insiste mayormente sobre la compatibilidad de la encarnación de Cristo con el dogma de la inmutabilidad de Dios y Contra Fabiano (Contra Fabianum libri X), del que sólo nos han llegado 39 extensos fragmentos, suficientes para comprobar cómo Fulgencio, puesto a rectificar las inexactitudes de Fabiano y . eliminar cualquier posibilidad de duda, replantea un amplio panorama de la problemática trinitaria. De menor envergadura y de fecha incierta, aunque sobre el mismo asunto, son La Trinidad al notario Félix (De Trinitate ad Felicem notarium) y La fe a Donato (Ad Donatum de fide). No han llegado hasta nosotros, en cambio, ni su réplica al obispo arriano Pinta, escritor de una refutación de la obra fulgenciana dirigida a Trasamundo, ni su respuesta a algunas cuestiones sobre el Espíritu Santo propuestas por el presbítero arriano Abragil.

Son igualmente dignos de nota dos escritos de hondo sabor trinitario: A Mónimo (Ad Monimum libri III), respuesta a un obispo amigo sobre varias cuestiones articulada en tres libros: el I sobre la predestinación (Dios predestina a algunos a la gloria, y a otros, no a la culpa, como pensaba erróneamente su amigo, sino a la pena, merecida por la culpa de la que, en cualquier caso, todo hombre es responsable); y el II y el III en torno a diverso argumento trinitario. Sobre la encarnación del Hijo de Dios y el autor de animales viles a Scarilan (De incarnatione Filii Dei et vilium animalium auctore ad Scarilam) responde a una carta enviada por Scarila a Fulgencio para pedirle explicación de dos asuntos discutidos con varias personas. Acerca del primero, explica Fulgencio que sólo se ha encarnado el Hijo de Dios y no toda la Trinidad; sobre el segundo aclara que también la existencia de animales dañinos para el hombre entra en el designio providencial de la justicia divina respecto al mundo.

A petición del diácono Pedro y de algunos monjes escitas (Epístola 16), Fulgencio hubo de afrontar la vieja cuestión de la gracia y el libre albedrío que, en el curso de la polémica de San Agustín con los pelagianos, rebrotaba en Galia, donde Fausto de Riez había combatido el agustinismo radical. Fulgencio es-cribe durante el segundo exilio en Cerdeña obras que se ocupan a fondo de la cuestión: el ya mencionado libro 1 del A Mónimo, los perdidos Contra Fausto Reyense (Contra Faustum Reiensem libri VII), Sobre la verdad de la predestinación y de la gracia a Juan y Veneno (De veritate praedestinationis et gratiae ad loannem et Venerium) y las Epístolas 15 y 17. Problemática estrechamente ligada a La remisión de los pecados

(De remissione peccatorum libri II), obra donde sostiene que los pecados pueden ser perdonados después de una saludable penitencia sólo por la Iglesia católica en virtud de la eficacia salvífica del sacrificio de Cristo, y sólo en esta vida.

En cuanto al epistolario, sólo contamos con diecinueve cartas, algunas, por cierto, no suyas, sino de sus remitentes. Todas, eso sí, de carácter doctrinal y eclesial. Fulgencio fue también, de forma ocasional, poeta. Más que nada con el propósito de volver más popular e incisiva su polémica antiarriana. De ahí su voluntad de seguir una tradición muy antigua, mediante la cual herejes y ortodoxos solían servirse incluso del canto para di-fundir sus doctrinas, y de imitar también en esto a San Agustín.

3. Teología. Todas sus obras tienen marcado carácter pastoral, con preferencia por los asuntos doctrinales a causa de las polémicas en que se vio envuelto: centran de modo particular el interés los argumentos trinitario, cristológico, en polémica con los arrianos, y soteriológico (gracia, libre albedrío) contra los llamados semipelagianos. De índole doctrinal son asimismo las pocas cartas que de él conocemos. Y los sermones. En general su doctrina es nítida compilación de San Agustín, que él se había asimilado de modo cabal con la meditación, hasta el punto de saberlo rendir con transparente y simplicísima breve-dad (de ahí lo deAugustinus breviatus, esto es, «Agustín abreviado» con que se le conoció en el Medievo).

a) En la onda expresiva de San Agustín. De los muchos textos con inconfundibles aires agustinianos, he aquí el del oficio en la fiesta de San Esteban, de cuyo martirio Fulgencio puntualiza: «Ayer celebramos el nacimiento temporal de nuestro Rey eterno; hoy celebramos el triunfal martirio de su soldado. Ayer nuestro Rey, revestido con el manto de nuestra carne y saliendo del recinto del seno virginal, se dignó visitar el mundo; hoy el soldado, saliendo del tabernáculo de su cuerpo, triunfador, ha emigrado al cielo» (Serm. 3, 1-3). Y luego, a propósito de las armas de la caridad, más cercano todavía, si cabe, al de Hipona: «La misma caridad que Cristo trajo del cielo a la tierra ha levantado a Esteban de la tierra al cielo. La caridad, que precedió en el Rey, ha brillado a continuación en el soldado. Esteban, para merecer la corona que significa su nombre, tenía la caridad como arma, y por ella triunfaba en todas partes. Por la caridad de Dios, no cedió ante los judíos que lo atacaban; por la caridad hacia el prójimo, rogaba por los que lo lapidaban. Por la caridad, argüía contra los que estaban equivocados, para que se corrigieran; por la caridad, oraba por los que lo lapidaban, para que no fueran castigados. Confiado en la fuerza de la caridad, venció la acerba crueldad de Saulo, y mereció tener en el cielo como compañero a quien conoció en la tierra como perseguidor. La santa e inquebrantable caridad de Esteban deseaba conquistar orando a aquellos que no pudo convertir amonestando» (Serm. 3, 5-6).

Cómo nos santifique la participación sacramental del cuerpo y sangre de Cristo lo explica Fulgencio con otra larga resonancia agustiniana: «Los fieles que aman a Dios y a su prójimo, aunque no lleguen a beber el cáliz de una muerte corporal, deben beber, sin embargo, el cáliz del amor del Señor, embriagados con el cual, mortificarán sus miembros en la tierra y, re-vestidos de nuestro Señor Jesucristo, no se entregarán ya a los deseos y placeres de la carne ni vivirán dedicados a los bienes visibles, sino a los invisibles. De este modo, beberán el cáliz del Señor y alimentarán con él la caridad, sin la cual, aunque haya quien entregue su propio cuerpo a las llamas, de nada le aprovechará. En cambio, cuando poseemos el don de esta caridad, llegamos a convertirnos realmente en aquello mismo que sacramentalmente celebramos en nuestro sacrificio» (C. Fabiano, 22, 16-19).

b) La Iglesia como sacrificio. Nuestro sacrificio, dirá con acento paulino, es el de la Iglesia del Espíritu, pues «Dios acepta y recibe con agrado a la Iglesia como sacrificio cuando la Iglesia conserva la caridad que derramó en ella el Espíritu Santo: así, si la Iglesia conserva la caridad del Espíritu, puede presentarse ante el Señor como una hostia viva, santa y agradable a Dios (Rm 12, 1)» (A Mónimo, 2, 12). Una Iglesia, además, bien jerarquizada, cuyos obispos son administradores fieles del padre de familia, pues «el mismo apóstol Pablo dice que los obispos son también administradores: El obispo, siendo administrador de Dios, tiene que ser intachable (1Tm 3, 2). Somos siervos del padre de familias, somos administradores de Dios, y recibiremos la misma medida de trigo que os servimos. Si queremos saber cuál deba ser esta medida de trigo, nos lo enseña también el mismo apóstol Pablo, cuando afirma: Estimaos moderadamente, según la medida de la fe que Dios otorgó a cada uno (Rm 12, 3). Lo que Cristo designa como medida de trigo, Pablo lo llama medida de la fe, para que sepamos que el trigo espiritual no es otra cosa sino el misterio venerable de la fe cristiana. Nosotros os repartimos esta medida de trigo, en nombre del Señor, todas las veces que, iluminados por el don de la gracia, hablamos de acuerdo con la regla de la verdadera fe (regula fidei). Vosotros mismos recibís la medida de trigo, por medio de los administradores del Señor, todas las veces que escucháis la palabra de la verdad por medio de los siervos de Dios» (Serm. 1, 3).

c) Cristología paulina. Fulgencio resulta deliciosamente plástico y comunicador en sus imágenes paulinas de cuanto significa y entraña el nacimiento de Cristo: «Nuestro Rey, dice, siendo la excelsitud misma, se humilló por nosotros; su venida no ha sido en vano, pues ha aportado grandes dones a sus soldados, a los que no sólo ha enriquecido abundantemente, sino que también los ha fortalecido para luchar invenciblemente. Ha traído el don de la caridad, por la que los hombres se hacen partícipes de la naturaleza divina. Ha repartido el don que nos ha traído, pero no por esto él se ha empobrecido, sino que, de una forma admirable, ha enriquecido la pobreza de sus fieles, mientras él conserva si mengua la plenitud de sus propios tesoros» (Serm. 3, 1). ¡Admirable resumen de la antítesis pobreza-riqueza!

El himno a los filipenses se le queda como prendido de la pluma cuando se propone probar cómo Cristo intercede en nuestro favor: «Al referirnos al sacerdocio de Cristo, necesaria-mente hacemos alusión al misterio de su encarnación, en el cual el Hijo de Dios, a pesar de su condición divina, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, según la cual se rebajó hasta someterse incluso a la muerte (Flp 2, 6-8); es decir, fue hecho un poco inferior a los ángeles (Hb 2, 7.9), conservando no obstante su divinidad igual al Padre. El Hijo fue hecho un poco inferior a los ángeles en cuanto que, permaneciendo igual al Padre, se dignó hacerse como un hombre cualquiera. Se abajó cuando se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo. Más aún, el abajarse de Cristo es el total anonadamiento, que no otra cosa fue el tomar la condición de esclavo. Cristo, por tanto, permaneciendo en su condición divina, en su condición de Hijo único de Dios, según la cual le ofrecemos el sacrificio igual que al Padre, al tomar la condición de es-clavo, fue constituido sacerdote, para que, por medio de él, pudiéramos ofrecer la hostia viva, santa, grata a Dios (Rm 12, 1)»(Carta 14, 36).

Tampoco se desprende de la carta a los Hebreos al descender al sacrificio de Cristo, porque «nosotros no hubiéramos podido ofrecer nuestro sacrificio a Dios si Cristo no se hubiese hecho sacrificio por nosotros: en él nuestra propia raza humana es un verdadero y saludable sacrificio. En efecto, cuan-do precisamos que nuestras oraciones son ofrecidas por nuestro Señor, sacerdote eterno, reconocemos en él la verdadera carne de nuestra misma raza, de conformidad con lo que dice el apóstol: Todo sumo sacerdote, escogido entre los hombres, está puesto para representar a los hombres en el culto a Dios: para ofrecer dones y sacrificios por los pecados (Hb 5, 1). Pero, al decir: «tu Hijo», añadimos: «que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo», para recordar, con esta adición, la unidad de naturaleza que tienen el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, y significar, de este modo, que el mismo Cristo, que por nosotros ha asumido el oficio de sacerdote, es por naturaleza igual al Padre y al Espíritu Santo» (Carta 14, 36-37).

Espléndida cristología la suya, estrechamente relacionada con la eclesiología, como se desprende de este luminoso texto sobre Jesucristo, al mismo tiempo Dios y templo y oblación y víctima: «Él es quien, en sí mismo, poseía todo lo que era necesario para que se efectuara nuestra redención, es decir, él mismo fue el sacerdote y el sacrificio, él mismo fue Dios y templo: el sacerdote por cuyo medio nos reconciliamos, el sacrificio que nos reconcilia, el templo en el que nos reconciliamos, el Dios con quien nos hemos reconciliado. Como sacerdote, sacrificio y templo, actuó solo, porque aunque era Dios quien realizaba estas cosas, no obstante las realizaba en su forma de siervo; en cambio, en lo que realizó como Dios, en la forma de Dios, lo realizó conjuntamente con el Padre y el Espíritu Santo. E…] El mismo Dios unigénito, Verbo hecho carne, se ofreció por nosotros a Dios como oblación y víctima de suave olor, el mismo en cuyo honor, en unidad con el Padre y el Espíritu Santo, los patriarcas, profetas y sacerdotes ofrecían, en tiempos del Antiguo Testamento, sacrificios de animales; y a quien ahora, o sea, en el tiempo del Testamento Nuevo, en unidad con el Padre y el Espíritu Santo, con quienes comparte la misma y única divinidad, la santa Iglesia católica no deja nunca de ofrecer, por todo el universo de la tierra, el sacrificio del pan y del vino, con fe y caridad» (Regla de la verdadera fe a Pedro, cap. 22, 62).

d) Pneumatología. A Fulgencio no se le escapa que la cristología pide, a su vez, directa relación con la pneumatología, fuente de la vida en Cristo y del caminar de la Iglesia. Como si aún perdurase la disputa donatista, se preocupa de subrayar que es el Espíritu Santo quien realiza la unidad eclesial: «Esto es lo que pedimos que se realice en nosotros por la gracia del Espíritu, que es el mismo Espíritu del Padre y del Hijo; porque la Santa Trinidad, en la unidad de naturaleza, igualdad y caridad, es el único, solo y verdadero Dios, que santifica en la unidad a los que adopta. Por lo cual dice la Escritura: El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado (Rm 5, 5). Pues el Espíritu Santo, que es el mismo Espíritu del Padre y del Hijo, en aquellos a quienes con-cede la gracia de la adopción divina, realiza lo mismo que llevó a cabo en aquellos de quienes se dice, en el libro de los Hechos de los Apóstoles, que habían recibido este mismo Espíritu. De ellos se dice, en efecto: En el grupo de los creyentes todos pensaban y sentían lo mismo (Hch 4, 32); pues el Espíritu único del Padre y del Hijo, que, con el Padre y el Hijo es el único Dios, había creado un solo corazón y una sola alma en la muchedumbre de los creyentes» (A Mónimo, 2, 11-12).

Paralelamente a la polémica que enfrenta en Galia durante el siglo V, hasta el Concilio de Orange (529), a sostenedores de San Agustín contra los exponentes de la teología monástica provenzal, se desarrolla en África (Bizacena), por los primeros decenios del siglo VI, bajo el dominio de los vándalos, otra análoga contra la supervivencia de la teología provenzal. Alma de tal movimiento es Fulgencio, sostenido, claro es, por el episcopado y el clero de la región. Difunde con entusiasmo el pensamiento agustiniano sobre la gracia, la cristología, la Trinidad, el Espíritu Santo, el pecado original y el problema conexo de la concupiscencia. La polémica es áspera, sí, pero se advierte en él como una atenuación de las afirmaciones más atrevidas del Hiponense, en el sentido de no sacarlas al primer plano. Su fidelidad al maestro es indudable. San Fulgencio es, en el África patrística, el principal discípulo de San Agustín.

SAN FULGENCIO DE RUSPE 3 de enero