DOMINGO XXXIV TIEMPO ORDINARIO JESUCRISTO, REY DEL UNIVERSO

EZEQUIEL:
– Nos muestra a nuestro Dios como un pastor que cuida a su rebaño, y destaca porque así nos muestra cómo es su Reino, es un reino que está volcado en sus ovejas, es un Dios que busca siempre el bien de los suyos, porque el Reino De Dios es el Reino del servicio. Y se muestra en la mirada a cada una de sus ovejas en particular, este pastor, cuida, libra, apacienta, hace reposar, busca a la perdida, venda a la herida, fortalece a la enferma, apacienta con justicia a la fuerte y robusta. Dios cuida a sus ovejas, porque es donde Dios realiza su Reino, podríamos decir que somos el Reino De Dios, pues Dios se entrega para que nosotros vivamos para Él.

SALMO:
“El Señor es mi pastor, nada me falta.”
En esta conocido salmo se alaba la actitud amable y desinteresada del pastor que conduce a las fuentes de agua, que repara las fuerzas, que prepara comunidad en la mesa, que unge la cabeza de alegría, que es todo bondad y misericordia.

1 CORINTIOS:
– Destaca San Pablo como el pecado ha entrado por un hombre, y también por un hombre, Cristo JEsús ha entrado la resurrección, es el Señor quién ha hecho posible nuestra salvación y nos ha sacado de las tinieblas del pecado, a morar en su luz maravillosa. Y esto se muestra en que Cristo tiene que reinar poniendo a los enemigos por un lado bajo sus pies, pues es más fuerte que el pecado, que el demonio y que la muerte, pero también tiene que reinar en nuestras vidas, y para ello cada uno de nosotros tiene que estar dispuesto a dejar toda la vida a sus pies, rendirse por entero a sus pies, derramar su vida en su presencia.

MATEO:
– Hoy Jesús nos habla del juicio final, para ver quién es el que puede entrar en el reino De Dios, y nos muestra un camino muy claro: Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me distéis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme…. CADA VEZ QUE LO HICISTEIS CON UNO DE ESTOS MIS HERMANOS MÁS PEQUEÑOS, CONMIGO LO HICISTEIS. Dios nos ha preparado un lugar en el que morar para siempre y nos enseña que debemos vivir para siempre en su gloria, pero nosotros debemos corresponder a su amor.
– Jesus sale a nuestro encuentro en las personas que tienen necesidad. JEsús se abaja hasta nosotros de esta manera tan especial, teniendo preferencia por los más necesitados y escondiéndose en ellos para que nos encontremos con Él. Esta es la realiza de Cristo, reconciliar a los hombres con Dios ,de este modo reinar es servir.
– La sorpresa de unos radica en el amor practicado sin cálculo; la de los otros, en la indiferencia con que han vivido.
– A Jesús lo acogemos cuando escuchamos su palabra y nos acercamos a los sacramentos. Pero nuestra relación con él no se acaba ahí. Podemos seguir buscándolo, y sigue saliéndonos el encuentro, en todos los que necesitan el testimonio del amor. Cuando Jesús nos dice que él está en el que sufre y el necesitado, nos está instando a no dar las migajas de nuestro amor, sino a que la misericordia sea el motor de nuestra vida.

María, ayúdanos a vivir en el Amor a tu Hijo por encima de todo y a reconocerle en cada hermano y en cada acontecimiento. Amén.

Un pobre sacerdote +++

COMENTARIO DE LOS PADRES DE LA IGLESIA

Rábano

Después de las parábolas sobre el fin del mundo expone el Señor el modo cómo será juzgado.

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 79,1

Escuchemos esta parte sublime del discurso con la mayor compunción, grabándola profundamente en nuestra alma, pues es el mismo Jesucristo quien lo profiere del modo más terrible y claro. No dice como en las parábolas anteriores: el reino de los cielos es semejante, sino que manifestándose y revelando su propia persona dice: “Cuando viniere el Hijo del hombre en su majestad”.

San Jerónimo

El que, dos días después había de celebrar la Pascua y ser entregado al escarnio de los hombres y a la muerte de cruz, oportunamente promete el triunfo de su resurrección, para compensar el escándalo con la promesa del premio. Y es de notar que quien ha de ser visto con majestad es el Hijo del hombre.

San Agustín, in Ioannem, 21

En forma humana, pues, le verán los impíos y los justos; porque en el juicio aparecerá con la misma forma que tomó de nosotros; pero después será visto en la forma divina que todos los fieles ansían.

Remigio

Estas palabras destruyen el error de aquéllos que dijeron que el Señor no conservará la forma de siervo: pues de dice majestad de su divinidad en la que es igual al Padre y al Espíritu Santo.

Orígenes, homilia 34 in Matthaeum

Volverá con gloria para que su cuerpo aparezca transfigurado como lo fue en el monte. Su asiento debe entenderse lo más perfecto de los Santos de quienes está escrito: “Porque allí se colocaron los tronos para el juicio” ( Sal 121,5); o ciertas virtudes angélicas, de las que se dice: Sean Tronos o Dominaciones ( Col 1,16), etc.

San Agustín, de civitate Dei, 20,24

Bajará, pues, con los ángeles, que convocó de las alturas para celebrar el juicio, por lo que dice: Y todos sus ángeles con El.

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 79,1

Concurrirán todos los ángeles para dar testimonio ellos mismos del ministerio que ejercieron por orden de Dios para la salvación de los hombres.

San Agustín, sermones, 351,8

Con el nombre de ángeles designó también a los hombres, que juzgarán con Cristo, pues siendo los ángeles nuncios, como a tales consideramos también a todos los que predicaron a los hombres su salvación.

Sigue: “Y serán congregados ante El todos”, etc.

Remigio

Estas palabras prueban la verdad de la futura resurrección.

San Agustín, de civiate Dei, 20,24

Esta reunión se verificará por ministerio de los ángeles, a quienes se dice en el salmo: “Congregad al Señor todos sus Santos” ( Sal 49,5).

Orígenes, homilia 34 in Matthaeum.

No entendamos que serán reunidos ante El en un local todos los pueblos porque ya no estarán dispersos por muchos y falsos dogmas sobre El. Se hará patente la Divinidad de Cristo, para que no sólo ninguno de los justos, sino ninguno de los pecadores lo ignoren. Ya no aparecerá el Hijo de Dios en un lugar y en otro no, sino como dio a entender El mismo con la comparación del relámpago. Mientras, pues, los malos no se conocen, ni conocen a Cristo, y los justos sólo lo ven como por espejo y enigma, no están separados los buenos de los malos. Pero cuando por la aparición del Hijo de Dios entraren todos en el conocimiento de sí mismos, entonces el Salvador separará a los buenos de los malos, por lo que sigue: “Y los separará unos de otros”, etc. Por cuanto los pecadores conocerán sus delitos y los justos verán patentes los frutos de su justicia que les acompañaron hasta el fin. Se llaman ovejas los que se salvan, por la mansedumbre con que aprendieron de Aquél que dijo: aprended de mí, que soy manso ( Mt 11,29); y por cuanto estuvieron dispuestos hasta sufrir la muerte, imitando a Jesucristo, que como oveja fue llevado a la muerte ( Is 53,7). Los malos, en cambio, son llamados cabritos, los que trepan los más ásperos peñascos y caminan por sus precipicios.

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 79,1

A éstos llama cabritos, pero a los otros ovejas, para demostrar la inutilidad de aquéllos pues de nada aprovechan, y la utilidad de éstas, porque es mucho el fruto que de las ovejas se saca, como la lana, la leche y los corderillos que nacen. La Sagrada Escritura suele designar la sencillez y la inocencia con el nombre de oveja. Bellamente, pues, se designan aquí los elegidos con este nombre.

San Jerónimo

El cabrito es animal lascivo, que en la ley antigua se ofrecía para víctima de los pecados; y no dice cabras, que pueden tener crías y salen esquiladas del lavadero.

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 79,1

Después los separa hasta de lugar, pues sigue: “Y colocará a las ovejas a la derecha, y los cabritos a la izquierda”.

Orígenes, homilia 34 in Matthaeum

Los Santos, pues, que obraron obras derechas, recibieron en premio de sus obras derechas la derecha del Rey, en la cual está el descanso y la gloria. Pero los malos por sus obras pésimas y siniestras, cayeron en la siniestra, esto es, en la tristeza de los tormentos. Continúa: “Entonces dirá el Rey, etc”. Venid, para que, habiendo estado unidos perfectamente con Jesucristo, alcancen aun lo que más insignificante había sido para ellos; y añade: “Benditos de mi Padre”, para que se manifieste la grandeza de la bendición de ellos, pues con preferencia son benditos del Señor que hizo el cielo y la tierra ( Sal 113,15).

Rábano

O son llamados benditos, aquéllos a quienes por sus buenos méritos, se les debe la bendición eterna. Y dice que el reino es de su Padre, porque atribuye la potestad del reino, a aquél por quien El mismo ha sido engendrado Rey. De aquí que con autoridad regia, con la que sólo El será exaltado en aquel día, pronunciará la sentencia del juicio, por esto se dice claramente: “Entonces dirá el Rey”.

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 79,2

Observa que no dijo: recibid, sino poseed, o por mejor decir, heredad; como bienes familiares, o más bien paternos, como bienes vuestros que se os deben desde hace mucho tiempo, por esto se dice: El reino que os está preparado desde el establecimiento del mundo.

San Jerónimo

Todas estas cosas se han de tomar en el sentido de la presciencia de Dios, para quien las cosas futuras ya han sucedido.

San Agustín, de civitate Dei, 20,9

Hecha excepción de aquel reino del cual, en el juicio final, se ha de decir: Poseed el reino que os está preparado, también la Iglesia presente, aunque de una manera más impropia, es llamada su reino, en el que aun se lucha con el enemigo, hasta que se llegue a aquel pacificadísimo reino en donde se reinará sin enemigos.

San Agustín, sermones, 351,8

Pero dirá alguno: Yo no quiero reinar, me basta salvarme. En eso se engaña, primero, porque no hay salvación alguna para aquéllos cuya iniquidad persevera; además si hay alguna diferencia entre los que reinan y los que no reinan, conviene que todos estén en un mismo reino, para que no sean considerados como enemigos o de otro orden distinto y perezcan mientras los otros reinan. Pues todos los romanos poseen el reino romano, aunque no todos reinan en él.

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 79,2.

Y por qué méritos los escogidos reciben los bienes del reino celestial, lo manifiesta cuando añade: “Porque tuve hambre, y me disteis de comer”.

Remigio

Y hay que notar que en este lugar menciona el Señor las siete obras de misericordia, las cuales, cualquiera que tuviere cuidado de cumplirlas, merecerá alcanzar el reino preparado a los escogidos desde el establecimiento del mundo.

Rábano

Pues en un sentido místico observa las leyes del verdadero amor, quien al que tiene hambre y sed de justicia le alimenta con el pan de la palabra, o bien le da de beber la bebida de la sabiduría, y el que recibe en la casa de la Madre Iglesia al que anda errante por la herejía o por el pecado, y el que admite al que está enfermo en la fe.

San Gregorio Magno, Moralia 26,25

Mas éstos a quienes dirá el Juez cuando venga, teniéndolos a la derecha: “Tuve hambre”, son la parte de los escogidos que son juzgados y reinan, los que limpian las manchas de la vida con lágrimas, los que redimiendo los pecados precedentes con las acciones buenas consiguientes, todo lo ilícito que obraron en otro tiempo, lo cubren enteramente ante los ojos del juez. Y hay otros que no son juzgados y reinan, los cuales superan los preceptos de la ley con la virtud de la perfección.

Orígenes, homilia 34 in Matthaeum

Y a causa de su humildad se proclaman indignos de alabanza por sus buenas obras; no por haberse olvidado de aquello que hicieron, pues El mismo les muestra su compasión en los suyos. Por esto sigue diciendo: Entonces le responderán los justos: ¿Cuándo te vimos? etc.

Rábano

Dicen esto ciertamente no desconfiando de las palabras del Señor, sino pasmándose de tan extraordinaria excelencia y de la grandeza de su majestad. O porque les parecerá mezquino el bien que habían obrado, según aquello del Apóstol: “No son de comparar los trabajos de este tiempo con la gloria venidera, que se manifestará en nosotros” ( Rom 8,18).

Continúa: Y respondiendo el Rey, dirá: “En verdad os digo, que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos pequeñitos, a mí me lo hicisteis”.

San Jerónimo

Libremente podíamos entender que Jesucristo hambriento sería alimentado en todo pobre, y sediento saciado, y de la misma manera respecto de lo otro. Pero por esto que sigue: “En cuanto lo hicisteis a uno de mis hermanos”, etc., no me parece que lo dijo generalmente refiriéndose a los pobres, sino a los que son pobres de espíritu, a quienes había dicho alargando su mano: “Son hermanos míos, los que hacen la voluntad de mi Padre” ( Mt 12,50).

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 79,1

Mas si son sus hermanos, ¿por qué los llama pequeñitos? Por lo mismo que son humildes, pobres y abyectos. Y no entiende por éstos tan sólo a los monjes que se retiraron a los montes, sino que también a cada fiel aunque fuere secular; y, si tuviere hambre, u otra cosa de esta índole, quiere que goce de los cuidados de la misericordia: porque el bautismo y la comunicación de los misterios le hacen hermano.

Continúa: “Entonces dirá también a los que estarán a la izquierda: Apartaos”, etc.

Orígenes, homilia 34 in Matthaeum

Así como había dicho a los justos, venid ( Mt 25,34), así también dice a los inicuos, apartaos. Los que guardan los Mandamientos de Dios, están más próximos al Verbo y son llamados para que se aproximen todavía más. Pero están muy alejados de El (aunque parece que le asisten) los que no cumplen sus Mandamientos, por esto oyen, apartaos, para que los que al presente parecen estar en su presencia, después ni siquiera le vean. Y hay que advertir que a los escogidos se ha dicho: “Benditos de mi Padre” ( Mt 25,34); mas no se dice ahora: malditos de mi Padre, porque el dispensador de la bendición es el Padre; mas el autor de la maldición es para sí mismo cada uno de los que han obrado cosas dignas de maldición. Los que se apartan de Jesús, caen en el fuego eterno, el cual es de distinta naturaleza del fuego de que hacemos uso: pues ningún fuego es eterno entre los hombres, y ni siquiera de mucha duración. Y ten presente que no dice que el reino está preparado, en verdad, para los ángeles, mas sí que el fuego eterno lo está para el diablo y para sus ángeles. Porque por lo que a El toca, no ha creado a los hombres para que se pierdan, pero los que pecan son los que se unen con el diablo, para que así como los que se salvan son comparados a los ángeles santos, de la misma manera sean comparados a los ángeles del diablo los que perecen.

San Agustín, de civiate Dei, 21,10

De aquí se colige que será uno mismo el fuego destinado para suplicio de los hombres y de los demonios. Y si será dañoso al tacto corporal, para que por él puedan ser atormentados los cuerpos, ¿de qué manera podrá contenerse en él la pena de los espíritus malignos, salvo que los demonios tengan ciertos cuerpos, formados del aire denso y húmedo, como algunos han opinado? Mas si alguno afirma que los demonios no tienen cuerpos, no se ha de entablar disputa acerca de este asunto discutible: pues ¿por qué no diremos -con términos que, aunque maravillosos, son sin embargo razonables- que los espíritus incorpóreos pueden ser afligidos con la pena del fuego corporal? Si las almas de los hombres -aun siendo enteramente incorpóreas- podrán ser encerradas ahora en los miembros corporales y también entonces ser sujetos indisolublemente a los vínculos de sus cuerpos, se adherirán, por consiguiente, los demonios (aunque incorpóreos) a los fuegos corporales para ser atormentados, recibiendo la pena de los fuegos, mas no dando la vida a los fuegos. Y aquel fuego será corporal, y atormentará a los cuerpos de los hombres juntamente con sus espíritus; pero los espíritus de los demonios sin cuerpo.

Orígenes, in Matthaeum, 34

O tal vez aquel fuego tenga tal sustancia, que siendo invisible queme las cosas invisibles; a esto se refiere lo que dice el Apóstol: “Las cosas que se ven son temporales; mas las que no se ven son eternas” ( 2Cor 4,18). No te admires, pues, cuando oigas que el fuego es invisible y castigador, y cuando veas que el calor se aproxima y atormenta no poco interiormente a los cuerpos. Continúa: “Porque tuve hambre, y no me disteis, etc.” Se escribió a los fieles: “Vosotros sois cuerpo de Cristo” ( 1Cor 12,27). Luego así como el alma que habita en el cuerpo, aun cuando no tenga hambre respecto a su naturaleza espiritual, tiene necesidad, sin embargo, de tomar el alimento del cuerpo, porque está unida a su cuerpo, así también el Salvador, siendo El mismo impasible, padece todo lo que padece su cuerpo, que es la Iglesia. Y ten en consideración que, cuando habla a los justos, cuenta sus beneficios enumerándolos de uno en uno, mas cuando lo hace a los inicuos, abreviando la narración, juntó en una ambas palabras, diciendo: “Enfermo y en la cárcel, y no me visitasteis”, etc. Porque propio era de la misericordia del Juez publicar con más encomio y ampliar las obras buenas de los hombres, y hacer mención transitoriamente y abreviar sus maldades.

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 79, 1

Y mira cómo abandonaron la misericordia no en un sólo concepto, sino en todos. Porque no tan sólo no dieron de comer al hambriento, sino que (lo que era menos penoso) tampoco visitaron al enfermo. Y observa de qué manera añade las cosas más soportables, porque no dijo: Estaba en la cárcel y no me sacasteis; enfermo y no me curasteis; sino dice, no me visitasteis, y no vinisteis a mi casa. Además, cuando tiene hambre no pide una mesa espléndida, sino la comida necesaria. Todas estas cosas, por tanto, bastan para sufrir la pena. Primero, la facilidad en dar lo que se pide (pues era pan); segundo, la miseria del que pedía (pues era pobre); tercero, la compasión de la naturaleza (pues era hombre); cuarto, el deseo de alcanzar lo que se prometía (pues prometía el reino); quinto, la dignidad del que recibía (pues era Dios el que recibía por medio de los pobres); sexto, la superabundancia del honor (porque se dignó recibir de mano de los hombres); séptimo, lo justo que era dar (pues recibía de nosotros lo que es suyo): mas los hombres ante todas estas cosas son cegados por la avaricia.

San Gregorio Magno, Moralia 26,24

Esos de quienes esto se dice, son los malos fieles, que son juzgados y perecen, pues los otros (a saber, los infieles) no son juzgados y perecen: porque entonces no se discutirá la causa de los que se acercan a la presencia del severo juez, ya con la condenación de su infidelidad. Pero los que retienen la profesión de su fe, mas no tienen las obras propias de esta profesión, son confundidos para que perezcan. Estos por lo menos oyen las palabras del juez, porque por lo menos tuvieron las palabras de su fe; aquéllos ni siquiera perciben en su condenación las palabras del Juez eterno, porque ni siquiera en las palabras quisieron guardar la reverencia que se le debe: pues el príncipe que gobierna una república terrena, de una manera castiga al ciudadano que delinque en el interior; y de otra distinta al enemigo que se rebela en el extranjero. Contra aquél procede, consultando sus leyes; contra el enemigo promueve la guerra y no averigua lo que diga la ley acerca de la pena que merece.

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 79,1

Mas reprochados por las palabras del juez, hablan con mansedumbre, pues continúa: “Entonces ellos también le responderán, diciendo: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y no te alimentamos, sediento?”, etc.

Orígenes, in Matthaeum, 34

Advierte que los justos se paran en cada una de las palabras; y los réprobos no lo hacen así en cada una, sino que pasan por ellas ligeramente: porque es propio de los justos, a causa de su humildad, desmentir diligentemente y de una en una sus buenas obras, narradas en presencia de los mismos. Y es propio de los hombres malos, para excusarse, dar a entender que no tienen culpas, o que son leves y pocas; y esto mismo lo indica la respuesta de Jesucristo. Por esto continúa: “Entonces les responderá: En verdad os digo: que en cuanto no lo hicisteis a uno de estos pequeñitos”, etc. Y queriendo demostrar que las acciones buenas de los justos son sublimes, y que las culpas de los pecadores no son sublimes, dice a los justos: “Por lo mismo que lo hicisteis a uno de mis hermanos pequeñitos”, mas al referirse a los inicuos, no añadió la palabra hermanos. Porque verdaderamente, los que son perfectos, son sus hermanos: más agradable es a Dios la obra buena que se hace en obsequio a los más santos, que la que se hace en obsequio a los menos santos; y es culpa más leve desdeñar a los menos santos que a los más santos.

San Agustín, de civitate Dei, 20,1

Aquí, pues, se trata del último juicio, cuando Jesucristo ha de venir del cielo con el fin de juzgar a los vivos y a los muertos. Llamamos último a este día del juicio divino, esto es, último tiempo, pues es incierto por cuántos días se alargará dicho juicio; según costumbre de las Escrituras Santas, el día suele ponerse en lugar del período. Por lo mismo, pues, decimos el último juicio o novísimo, porque juzga ahora, y juzgó desde el principio del género humano, separando a los primeros hombres del árbol de la vida ( Gén 3,24) y no perdonando a los ángeles que pecaron ( 2Pe 2,4). Y en aquel juicio final serán juzgados a un mismo tiempo los hombres y los ángeles, porque por el poder divino se hará que a cada uno se le representen en su memoria todas sus obras (ya buenas, ya malas); y que sean vistas con admirable celeridad por la vista de la mente, a fin de que el entendimiento acuse o excuse a la conciencia.

San Agustín, de fide et operibus c. 25

Algunos se engañan a sí mismos diciendo que el expresado fuego eterno no es la pena eterna: previendo esto el Señor, concluyó su sentencia diciendo así: E irán éstos al suplicio eterno y los justos a la vida eterna.

Orígenes, in Matthaeum, 34

Advierte que, habiendo dicho primeramente: Venid ( Mt 25,34), benditos, dice después: Apartaos, malditos ( Mt 25,41): porque es propio del buen Dios recordar primero las acciones buenas de los buenos, que las malas de los malos. En este lugar nombra primero la pena de los malos y luego la vida de los justos, para que evitemos primero los males (que son causa del temor); y luego apetezcamos los bienes (que son causa del honor).

San Gregorio Magno, Moralia, 25,10

Si con tan extraordinaria pena es castigado el que es acusado de no haber dado lo suyo, con qué pena habrá de ser vulnerado el que es increpado por haber quitado lo ajeno?

San Agustín, de civitate Dei, 19,11

La vida eterna es, pues, nuestro sumo bien, y el fin de la ciudad de Dios. De este fin dice el Apóstol: “Y por fin la vida eterna” ( Rom 6,22). Y además, como quiera que aquéllos que no están muy versados en las Escrituras Santas pueden tomar la vida eterna por la vida de los malos, a causa de la inmortalidad del alma, o a causa de las penas interminables de los impíos: verdaderamente se ha de decir que el fin de esta ciudad en la cual se tendrá el sumo bien para que todos puedan entenderlo es o la paz en la vida eterna, o la vida eterna en la paz.

San Agustín, de Trinitate, 1,8

Pues lo que dijo el Señor a su siervo Moisés: “Yo soy el que soy” ( Ex 3,14), lo veremos cuando vivamos para siempre: y así lo dice el Señor: “Esta es la vida eterna, que te conozcan a ti Dios verdadero” ( Jn 17,3). Porque esta visión nos promete el fin de todas las acciones, y la perfección eterna de todos los goces, de la cual dice San Juan: “Le veremos así como El es” ( 1Jn 3,2).

San Jerónimo

Mas, ¡oh lector prudente! advierte que los suplicios son eternos y que la vida perpetua no tendrá peligro de acabarse.

San Gregorio, Dialog. 4,44

Mas dicen algunos, que ha amenazado a los pecadores, tan sólo para refrenarlos en el pecar. A los estos responderemos: si ha amenazado con falsedades para corregirlos en su injusticia, también prometió cosas falsas para provocarlos a la justicia; y así, mientras andan solícitos para presentar a Dios como misericordioso no se avergüenzan de predicarle falaz. Pero (dicen), la culpa limitada no debe ser castigada ilimitadamente: a los cuales responderemos que hablarían bien, si el juez justo apreciara, no los corazones de los hombres, sino sus obras. A la justicia, por tanto, del severo juez corresponde que jamás carezcan de suplicio aquéllos cuyo espíritu jamás quiso carecer de pecado en esta vida.

San Agustín, de civitate Dei, 21,11

Ninguna ley justa exige que sea igual la duración del tiempo de la pena al de la culpa, pues no hay quien haya querido sostener que la pena del homicida o del adúltero deba durar tan poco como duraron estas faltas. Cuando por algún gran crimen es condenado alguno a muerte, ¿acaso toman en consideración las leyes el tiempo que dura el suplicio; y no la necesidad de quitarle para siempre de la sociedad de los vivos? Los azotes, la deshonra, el destierro, la esclavitud que frecuentemente se imponen sin remisión alguna, ¿no se parece en esta vida, en la forma, a las penas eternas? Y eso que no pueden ser eternas, porque ni la misma vida durante la cual se imponen es eterna. Pero se dice: ¿Cómo, pues, puede ser verdad lo que dice Jesucristo: “Con la misma medida que midiereis seréis medidos”, si el pecado temporal es castigado con pena eterna? Pero no se considera que la medida de la pena se entiende, no por la igual duración del tiempo, sino por la reciprocidad del mal, esto es, que el que mal hizo mal padezca; hízose digno de la pena eterna, el hombre que aniquiló en sí el bien que pudiera ser eterno.

San Gregorio, Dialog. 4,44

No se ha dicho jamás de hombre justo que se complaciese en la crueldad, y si manda castigar al siervo delincuente, es para corregirle de su falta: los malos, pues, condenados al fuego eterno, ¿por qué razón arderán eternamente? A esto responderemos que Dios Omnipotente no se complace en el tormento de los desgraciados, porque es misericordioso. Pero porque es justo no le es suficiente el castigo de los inicuos. Y por alguna razón el fuego eternamente devorará a los malvados, así, pues, servirá para que reconozcan los justos cuán deudores son a la gracia divina, con cuyo auxilio pudieron evitar los eternos males que ven.

San Agustín, de civitate Dei, 21,3

Pero dirán que de todos los cuerpos creados por Dios, no hay ninguno que pueda padecer y no pueda morir. Es, pues, necesario que viva sufriendo, y no es necesario que muera de dolor. Porque no cualquier dolor mata a estos cuerpos mortales; para que un dolor pueda matar es necesario que sea de tal naturaleza, que estando íntimamente unida el alma a este cuerpo, cediendo a acerbos dolores, salga de él. Entonces, el alma se une a tal cuerpo con un lazo tan íntimo que ningún dolor podrá romperlo; y no se extinguirá la muerte, sino que será muerte sempiterna, cuando el alma no podrá vivir sin Dios, ni librarse de los dolores del cuerpo muriendo. Entre los que negaron semejante eterno suplicio el más misericordioso fue Orígenes, que incurrió en el error de que después de largos y crueles suplicios serían libertados hasta el mismo diablo y sus ángeles, y asociados a los ángeles santos. Pero la Iglesia no sin razón lo condenó no sólo por éste, sino por muchos otros errores, y le abandonó a esta ilusión de falsa misericordia que le había hecho inventar en los santos verdaderas miserias, para evitar los futuros castigos y falsas bienaventuranzas, en las que no gozaran con seguridad de la eterna dicha. También yerran en diversos sentidos otros llevados de un sentimiento de compasión puramente humano, que suponen que después de sufrir temporalmente aquellas penas serán tarde o temprano libertados de ellas en el último juicio. ¿Por qué, pues, tanta misericordia con toda la naturaleza humana, y ninguna con la angélica?

San Gregorio, Dialog. 4,44

Pero preguntan cómo pueden ser santos los que no rogarán por sus enemigos cuando los verán ardiendo. Ruegan, en verdad por sus enemigos, durante el tiempo que pueden reducirlos a fructuosa penitencia y convertir sus corazones, pero ¿cómo orarán por aquéllos que ya de ningún modo pueden convertirse de la iniquidad?

San Agustín, De civ. Dei 21,19

También hay algunos que no prometen a todos los hombres la redención del suplicio eterno, sino tan sólo a aquéllos que están lavados con el bautismo de Cristo y que han participado de su cuerpo, de cualquier modo que hayan vivido. Por aquello que dice el Señor por San Juan: “Si alguno comiere de este pan no morirá eternamente” ( Jn 6,51). Asimismo otros no hacen la misma promesa a todos los que participan del sacramento de Cristo sino solamente a los católicos (aunque vivan mal), y que no solamente hayan participado del cuerpo de Cristo, sino que de hecho hayan formado parte de su cuerpo, que es la Iglesia, a pesar de que después hayan incurrido en alguna herejía o idolatría. No falta quien teniendo fijos los ojos en aquellas palabras de San Mateo: “El que perseverare hasta el fin, ésta será salvo” ( Mt 24,3); promete tan sólo a los que perseveran en la Iglesia católica (aunque vivan mal), que por el mérito del fundamento, es decir, de la fe, se salvarán por el fuego con que en el último juicio serán castigados los malos. Pero todo esto lo refuta el Apóstol diciendo: “Evidentes son las obras de la carne, que son la impureza, la fornicación y otras semejantes: yo os predico que todos los que tal hacen no poseerán el reino de Dios” ( Gál 5,19-21). Si, pues, alguno prefiere en su corazón las cosas temporales a Cristo, aunque parezca que tiene la fe de Cristo, sin embargo no es Cristo el fundamento en quien tales cosas antepone. Y con mayor razón, si comete pecados, queda convicto de que no sólo no prefiere a Dios, sino que le pospone. He hallado algunos que piensan que tan solamente arderán en el fuego eterno los que descuidan el compensar con dignas limosnas sus pecados y por eso sostienen que el juez en su sentencia no ha querido hacer mención de otra cosa, que de si han hecho o no limosnas. Pero el que dignamente hace limosna por sus pecados, empieza primero a hacerla para sí mismo: pues es indigno que no la haga para sí, el que la hace para el prójimo, y no oiga la voz de Dios que dice: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Y asimismo en el Eclesiástico “Compadécete de tu alma agradando a Dios” ( Eclo 30,24). No haciendo esta limosna por su alma, esto es, la de agradar a Dios, ¿cómo puede decirse que hace limosnas suficientes por sus pecados? Por esta razón se han de hacer las limosnas para que seamos oídos cuando pedimos perdón por los pecados pasados, y no creamos que con ellas compramos el permiso de perseverar obrando mal. Por esto, pues, el Señor predijo que colocaría a su derecha a los que hicieron limosnas y a la izquierda a los que no las hicieron; para demostrar cuánto vale la limosna para borrar los pecados pasados; no para continuar pecando impunemente.

Orígenes, in Matthaeum, 34

Pero no piensan algunos que tan sólo es digno de premio este medio de justificación, sino también cualquier otro de los que mandó Jesucristo, porque da de comer y beber a Jesucristo el que alimenta a los fieles con la verdad y la justicia. Asimismo vestimos a Cristo desnudo, cuando enseñamos a algunos, vistiéndoles con las ropas de la sabiduría, y entrañas de misericordia. Le recibimos como peregrino en la casa de nuestro pecho, cuando preparamos nuestro corazón y el de nuestros prójimos, para recibir diversas virtudes. Igualmente cuando visitáremos a nuestros hermanos enfermos en la fe o en las costumbres, enseñándoles, reprendiéndoles o consolándoles, al mismo Cristo visitamos. Finalmente, todo lo que aquí en el mundo existe, es cárcel de Cristo y de los suyos, que se encuentran como prisioneros y encarcelados por las exigencias del mundo y las necesidades de la naturaleza. Cuando, pues, les hiciéremos bien, les visitamos en la cárcel y a Jesucristo en ellos.

DOMINGO XXXIV TIEMPO ORDINARIO JESUCRISTO, REY DEL UNIVERSO