ADÁN Y EVA
29 de julio

A primera vista puede parecer sorprendente que el calendario cristiano recuerde entre los santos» a Adán y Eva. Sabemos de sobra que sus nombres no responden a personajes históricos, cronológicamente datables. Son para el libro del Génesis, el prototipo del ser humano, imagen de Dios, diversificado e igual en dignidad. Pero ellos son el paradigma primero de lo humano.

ADÁN, O EL BUSCADOR BUSCADO

Nacido del barro de la tierra y del aliento de Dios, Adán es el hombre, todo hombre, que por los caminos del mundo continúa buscando entre el barro y el viento. Adán es hijo de la materia y del espíritu. Lugar de encuentro o de lucha entre el polvo y el soplo. Adán es el hombre de la quietud enfangada y de la inquietud un poco ventolera (Gn 2, 7).

Adán es el hombre que, sin buscarlo, se encuentra un oasis en medio del desierto (Gn 2, 9). Adán es el hombre encargado de guardar y cultivar el mundo, con su trabajo y su responsabilidad. Lo suyo es la colaboración con la tarea creadora de Dios (Gn 2, 15). Su verdadera tentación es la de constituirse en norma de su propia actuación, ajeno a la voz de Dios, como si la desobediencia a su plan lograra hacerlo más humano (Gn 2, 17).

Adán es el hombre de la soledad y la nostalgia. Siempre camina buscando un lugar donde pueda estar solo, donde nadie lo moleste, donde pueda encontrarse al fin con sus pensamientos más acariciados. Pero apenas lo ha encontrado se revuelve inquieto en la añoranza de la compañía más querida. Ni las cosas ni los animales son una compañía adecuada para él (Gn 2, 18). Ser hombre era una empresa demasiado hermosa para vivirla en el egoísmo y la mudez. Dios era demasiado rico para poder ser reflejado por un ser monosexuado: si reflejaba su justicia, ¿dónde quedaría reflejada su ternura? No habría verdadera creación si no hubiera sido posible el encuentro con la mujer, si no hubiera nacido el amor (Gn 2, 22-24).

Creado para la armonía, Adán es el hombre del hambre nunca saciada a pesar de los mil árboles que pueblan su jardín. Su pecado no es su malicia, sino su infantil ingenuidad. Su falta de realismo, humilde y enraizado en la verdad. Su ciego optimismo que vende jardines palpables por frutas de sabor dudoso (Gn 3, 3).

Había sido pensado para ser como Dios. Pero habrá de descubrir que no basta una fruta para lograrlo. Cuando un día Dios se haga hombre, mostrará a los hombres el camino que los lleva a ser definitivamente dioses. Ese camino no pasará ya por la banalidad que pretende convertir las piedras en panes. Ese camino pasa por otro árbol abierto a los vientos en forma de cruz (Gn 3, 5).

Adán es el hombre que se encuentra a sí mismo desnudo. El que es capaz de convertir a la persona amada en cómplice. El que ha de sufrir el acoso de las cosas que debían ser su ayuda. El que se esconde de un Dios que sale a su encuentro, un Dios que es Padre que ama y al que hemos hecho Juez al que se teme (Gn 3, 7-8).

Su hoy transcurre en el hallazgo de la hostilidad, precisamente manifiesta en la sexualidad y en el trabajo, que deberían constituir los pilares de su capacidad de cercanía y creatividad. Pero su futuro está marcado por el signo cálido y estimulante de una esperanza, que se basa en las promesas de Dios. Adán es fundamentalmente el ser de la esperanza (Gn 3, 13-19).

EVA, O EL ENCUENTRO HUMANO

Eva es el primero de los nombres que la humanidad ha impuesto a un ser humano. La primera llamada. La primera que hace posible el diálogo interpersonal. Con ella amaneció el «nosotros». Con ella empieza la interpelación y el halago, el reproche y la caricia, la discusión y el acuerdo. Con su llegada, la palabra se hizo escucha. La palabra fue palabra. Eva es la mujer y la convivencia, la curiosidad y el riesgo, la caída y la esperanza, la maternidad y la muerte. En una palabra, la vida.

Una antigua tradición, llena de colorido y profundidad a la vez, sitúa a Adán en un jardín. Un paraíso, pero vivido en soledad. El varón no tiene ante sí un «tú» que responda a sus gestos y murmullos. El relato imagina a Dios pensando en voz alta, decidiendo crear un ser que sea para el hombre compañía. Un sueño profundo. Una costilla hábilmente trabajada. Y he aquí la mujer, hecha presencia y asombro ante el despertar del hombre: «Ésta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne. Ésta será llamada “varona” porque del varón ha sido tomada» (Gn 2, 23).

El texto hebreo juega con la palabra para darle a la mujer una denominación semejante y paralela a la que ha dado al varón. No se subraya con ello el dominio del varón, sino la complementariedad. Hay entre ellos una igualdad de origen –ambos participan de la misma textura–, una igualdad de dignidad –ambos tienen un nombre semejante–, e igualdad de destino –ambos serán una misma carne, es decir, una existencia compartida–. Ha sido creada en el sueño del hombre, porque el sueño es el momento privilegiado en que los hombres reciben los oráculos de Dios y descubren la orientación de su propio caminar. La mujer nace en el sueño del hombre: ella es revelación de un «tú» que siempre parece trascenderse a sí mismo.

«Deja el hombre a su padre y a su madre y se une a su mujer, y se hacen una sola carne» (Gn 2, 24). La familia de elección vincula con lazos más fuertes que la familia de origen.

«Estaban ambos desnudos, pero no se avergonzaban uno de otro» (Gn 2, 25). Nada de lo que había hecho Dios era impuro o deshonesto. A lo largo del tiempo habrá que recordar la bondad primera de todo lo creado. El jardín, la mujer y la palabra. Todo era bueno. Todo era un paraíso.

Pero el relato bíblico introduce un paréntesis para la tentación. Un frutal en medio de frutales. Espléndido y prohibido por el Señor de la existencia. Un reptil que serpea por el jardín. Una serpiente que habla, como en toda fábula que se precie. El relato se sitúa más allá de la anécdota y la historia para recordar que la libertad humana ha optado por el camino que la alejaba de Dios y de lo mejor de sí misma. Por tomar una fruta se pierde el frutal. Y hasta el jardín entero.

Eva, seducida y seductora. En ella, la humanidad se abandona a la molicie de la fatalidad y el desaliento. El pecado no es «ser-más», sino aceptar resignados el «ser-menos».

Los llamados a ser buscadores de Dios, han de ser por Dios buscados entre la espesura del follaje. El varón, que a la mujer descubriera con asombro, se vuelve ahora acusador. El paisaje del jardín se convierte en cardedal. El mundo era armonía y es aullido. Y, sin embargo, el juicio de Dios es siempre salvación. Sus oráculos anuncian un futuro de paz reconquistada:

Enemistad pondré entre ti y la mujer,
y entre tu linaje y su linaje:
él te pisará la cabeza,
mientras acechas tú su calcañar (Gn 3, 15).

No todo se ha perdido. En lontananza amanece el triunfo de lo humano. No era un pecado el endiosarse, que Dios mismo desea glorificar a los hombres. El pecado estaba en el desdén y en el desprecio al proyecto de Dios, en la sordera ante su voz y el coqueteo con todo lo inhumano de esta tierra.

Y sin embargo, sólo entonces la mujer es llamada por su nombre. «El hombre llamó Eva a su mujer, por ser ella la madre de todos los vivientes» (Gn 3, 30). Con ella, la vida continúa Y se derrama, violenta y complicada. Pero en medio de la muerte, mil veces repetida, brilla el nombre de Eva y de la vida. Aún hay esperanza. Aún cabe la hermandad entre los hombres, engarzados al fin por ese nombre de Eva que es la vida y quien la alienta.

Andando el tiempo, otra tradición bíblica celebra la creación en términos de imagen: «Y creó Dios el hombre a imagen suya: a imagen de Dios lo creó; macho y hembra los creó» (Gn 1, 27). Iconalidad doble y compartida. Como si sólo en el encuentro y el coloquio se entregase Dios hecho reflejo.

Ella era el primer nombre elegido por los hombres. Y, sin embargo, apenas se la recuerda a lo largo de los siglos. Sólo una plegaria ardiente la evoca, junto al lecho nupcial en casa de Ragüel: «Tú creaste a Adán, y para él creaste a Eva, su mujer, para sostén y ayuda, y para que de ambos proviniera la raza de los hombres. Tú mismo dijiste: No es bueno que el hombre se halle solo; hagámosle una ayuda semejante a él» (Tb 8, 6). Hay para ella otro recuerdo implícito en el libro escrito por Jesús, el hijo de Sirá: «Por la mujer fue el comienzo del pecado, y por causa de ella morimos todos» (Si 25, 24).

Y, sin embargo, Eva es la niña del mundo y su esperanza. Asombro, palabra y confianza. Curiosidad y vida. Maternidad y llanto. Encuentro y desengaño. Eva es la vida. La humana peripecia desvalida. El rubor de la inocencia y su ruptura. El amor balbuciente y quebradizo. La humana convivencia, tan difícil. La atención distraída ante las voces que llegan de lo alto.

Sólo después de miles de años de camino y experiencia religiosa, los creyentes podrían exclamar: ¡Feliz culpa la de Adán! ¡Feliz culpa la de Eva! En ellos celebramos el origen del camino humano. Y a ellos retorna el río de la salvación que brota de Jesucristo. La reflexión de los padres y las representaciones artísticas evocan la figura de Cristo que baja a los abismos para liberar a Adán y Eva de su largo cautiverio.

Eva es el descanso y la fatiga, el parto y la poesía, el encuentro y los silencios. Y con todo, es difícil no decirlo con las palabras de Mark Twain: «Dondequiera que ella estaba, allí era el paraíso».

ADÁN Y EVA 29 de julio